jueves, 27 de agosto de 2015

ETAPA 3: MARVAO - ELVAS

La tercera etapa se presentaba con dos bien diferenciadas partes. Una primera dura atravesando la Sierra de San Mamede y una segunda mucho más liviana y suave.


Y como aperitivo a todo ello, la subida a la bella y fortificada Marvao. Con dos opciones para llegar a lo más alto. Una por un cómodo, suave y monótono asfalto. Y otra por una complicada, empinada pero interesante, calzada romana. Estas dos opciones marcaron el devenir de toda la jornada.
Marvao, desde Portagem.
Los casi 6km de ascenso por carretera fueron la sensata opción escogida por todos los componentes del grupo... Excepto por tres "despistados", "romanos" o "medallitas", como ellos mismos se definieron a posteriori.
Entrada a la fortificación de Marvao
Estos tres compañeros tomaron la opción del ascenso más bonita, pero menos acertada para sus aún frías piernas y, sobre todo, para sus ruedas.

Callejeando por Marvao
Una media de seis abrojos, seis, en cada una de sus ruedas fue el resultado de su marcha por el trayecto romano. Unas ruedas/colador que aparentemente iban a ser selladas sin complejidad alguna. La tranquilidad aún era reinante a la hora de dar el bonito paseo por las calles de Marvao. Pero no, no fue todo tan sencillo.
Jardines y castillo de Marvao
El descenso por una nueva calzada romana se realizó, visto lo sucedido, con más miedo y respeto que disfrute. Al menos sirvió para que nadie tuviese ningún susto a modo de caída, puesto que el desnivel negativo y lo pedregoso del camino, llamaba a tener una alta atención, concentración y habilidad sobre la bicicleta.
Descendiendo por la calzada.
La bajada nos dejaba de nuevo en el punto de partida, previo paso por una fuente a los pies de Marvao. Iniciábamos pues la ruta lineal hacia el corazón de la Sierra de San Mamede.

Unos primeros kilómetros por asfalto resultaron cómodos con pequeñas incursiones por caminos que nos obligan a zigzaguear entre las numerosas huertas y fincas que pueblan este piedemonte de la serranía. Minutos más tarde, el trazado nos devolvería al asfalto. 
Caminos por huertas y fincas particulares.
Y es aquí, a los 15km de ruta, en medio de una carretera local intransitada, perdida en medio de una sierra portuguesa, donde verdaderamente se inició esta tercera jornada.

"¡¡¡Gracias romanos.... con vosotros comenzó todo!!!" (léase con acento de Piqué en la celebración de la liga blaugrana)

- ¡Voy flojo de atrás!- se oyó dentro del grupo.

Unos pocos paran, el resto sigue... Miro para delante, para atrás. Me quedo en tierra de nadie. Puedo coger a los de delante pero... no tengo prisa en llegar. Puedo volver atrás a echar una mano pero... ya se han quedado mecánicos más eficientes. Pues aquí mismo hay una sombrita de una higuera... pues aquí me quedo.

Modo bohemio, ON. La brisa corre, el paisaje me entretiene, cierro los ojos, los abro. Me relajo. Parece que tardan en reanudar la marcha. Hay problemas, vuelvo a su encuentro, medio kilómetro más atras. Ya vienen.

- ¡Esperad, que ahora voy flojo de delante!- se oían mientras se aproximaban.
- ¡Parad ahí que hay sombra!- les aconsejé mi lugar de retiro.
Segunda parada en menos de 500m
Otra parada, pero ahora más rápida. Continuamos la marcha y el trayecto nos vuelve a introducir entre sinuosos caminos que pronto, tras cruzar un árido reguero, se convierten en una divertida senda.

Parece que la jornada comienza a ponerse interesante. Nos alejamos de la civilización paralelos a un arroyo que nos acompaña en nuestro rodar. El campo estaba seco. Los tonos marrones, amarillos y tostados prevalecen en la zona a pesar de aparentar haber sido un lugar de corrientes de aguas en meses pasados.
Sendero paralelo al arroyo.
Un par de errores en cruces de caminos, me obligan a ponerme en cabeza del grupo y centrar mi atención en el GPS. Pero tal es mi interés en guiar al grupo que la concentración me hace jugar una mala pasada. En un giro de cabeza hacia detrás para confirmar la marcha de mis compañeros, me doy cuenta de que voy solo. Un nuevo pinchazo los había detenido unos metros más atrás.

La zona no abundaba en sombras así que decidí sentarme en el suelo, dejar la bici a un lado, tomar una pajita que manaba del arroyo y jugar con ella. Disfrutando del momento. Adaptándome a las circunstancias. No había prisa. El objetivo era disfrutar de la jornada. Es lo que tiene la aventura, por mucho que planees las cosas, nunca sabes lo que va a ocurrir. ¡Bendita incertidumbre!
Mi nueva compañera de viaje.
Marchábamos lentos. Lentos pero seguros, como mi amiga tortuga que últimamente me acompaña en todos mis viajes ciclistas desde hace unos meses. Amuleto de gran valor sentimental que me hace sentirme siempre protegido. Un regalo muy especial que me suma a lo que ya por sí me aporta esta afición. SIEMPRE SUMANDO.

Tras unos largos minutos de reflexiones sumido en mi mundo conseguí oír a lo lejos un -¡Vamos More, ya está solucionado!

Emprendimos la marcha, salimos a la carretera y a unos dos kilómetros más adelante, antes de un corto pero intenso ascenso por un monte repoblado de pinos...

- ¡Nos os lo vais a creer, pero llevo la rueda de atrás en el suelo!- parecieron oír mis oídos. Y sí, lo oyeron. Vaya si lo oyeron.

- ¡Yo os espero arriba del rampón!- me salió desde lo más profundo de mi corazón, que traducido a mis pensamientos sería el equivalente a "no me jodais, no me lo puedo creer, si lo sé tiro con los de delante".
Vistas esperando la enésima reparación.
Pues de nuevo, por enésima vez, "modo bohemio" estado ON. Busca de una nueva sombra entre este joven pinar. Ahora con vistas más altas que las anteriores y oteando a lo lejos el camino que traíamos desde la mañana. Sacando resina a los pinos y disfrutando de una ligera brisa que nos ofrecía esta pequeña loma.

Reanudamos la marcha, ahora por la cresta de esta alargada loma hasta encontrarnos con un peculiar pino. Solitario, simétrico, destacado. Raro. Llamaba la atención ante sus semejantes, y a medida que nos aproximábamos a él vimos la realidad. Una antena camuflada y disfrazada de pino presidía el punto más alto de esta cresta por la que rodábamos.

Tocaba ahora descender. Una bajada larga y muy técnica. A un lado el ángel, sé precavido. Al otro el demonio, disfrútala.

Una vez abajo... - ¡Tengo un "tumor" en la rueda!- nos avisaba Juanjo. No me lo podía creer. La cámara había salido por el lateral de la llanta. -¡Vuelvo a tener floja la rueda!- se alertaba Pablo. Buscaba con la mirada a Adolfo... Me miró, apretó sus labios y negó con disimulo. Su rueda delantera perdía aire.
Momento resignación.
Miguel avisaba a los componentes del "Comando abrojo", como así fuimos autobautizados, de que no quedaban más cámaras para reponer. Así que solo quedaba rezar y confiar en que todo se solventase de manera definitiva.

Nos tomamos el tiempo necesario para reparar y asegurarnos de que todo quedase bien, que no volviese a haber fallo alguno. Y a la vez nos resignarnos de que sería imposible contactar con el grupo delantero. Habíamos avanzado 9 km en tan solo dos horas...

Mientras los mecánicos terminaban de reparar las ruedas, los guías con GPS analizábamos lo que quedaba por delante.

-¡Un diente de Drácula!- gritaba y avisaba un asombrado Adolfo. Quedaba la subida más dura de la jornada. Cuatro kilómetros para atravesar al otro lado de la sierra de Mamede. El único puerto como tal de todo el viaje.
Coronando la Sierra de Mamede.
Desde Sao Juliao teníamos un intenso aperitivo para pasar al verdadero puerto. Dos primeros kilómetros por asfalto, con pendientes que rondaban los 15 puntos de desnivel positivo. Y los dos últimos por camino roto y suelto, propicio para exhibiciones de "medallitas". Porque no Miguel. Porque el ver bajar a una scooter por el puerto, no nos asegura que esté asfaltado hasta arriba del todo... Y no lo estaba.

Sudor, calor, tensión, concentración, esfuerzo. Cada uno rodaba como podía con su propio calvario en el ascenso. Había desaparecido la camaradería reinante en el grupo. Uno a uno, poco a poco fuimos coronando. Sabíamos que aquí acababa la parte dura de la jornada, que comenzaba la segunda mitad, más liviana que la primera.
Los Romanos...
Parecía que los pinchazos nos habían dado tregua. Ahora nuestro objetivo se centraba en recuperar el tiempo perdido. El descenso, pedregoso, nos trasladaba a nuestros Montes de Toledo. Jesús, GPS en mano buscaba el camino más eficiente para ahorrar tiempo.

- Si bajamos por aquí y obviamos este camino, podemos continuar por allí y recortar tiempo por esta carretera- aseguraba Jesús.
- Creo que no enlaza la carretera con el camino, yo no bajaría en balde- le replicaba.
- ...y luego coger este tramo y seguir por esta otra carretera, ahorraremos tiempo- insistía Jesús.
- Pero si no se ve claro el primer enlace... ¿Cómo vas a asegurar el segundo?- dudaba.
- Tú sígueme...- imperó Jesús definitivamente.

Marché detrás del grupo, desconfiando de la decisión tomada, mirando el GPS y buscando con la mirada en el horizonte el punto indicado de enlace. No lo veía claro. Pero tras unos kilómetros por un vetusto asfalto comencé a ceder en mis cabalas. Jesús tenía razón.

En Besteiros nos unimos de nuevo al camino programado, ganando tiempo a la ruta. Desde allí nos adentramos en un bonito paraje donde la vegetación volvía a hacer acto de presencia. No éramos conscientes de ello, pero durante los siguientes kilómetros rodaríamos a escasos metros de la frontera con España, quedando a la izquierda de nuestra ruta. Ahora sin accidente geográfico aparente que lo separase.

Los campos de cultivo comienzan a ganar presencia en contra de la arboleda que nos estaba acompañando. Un tractor quemado en medio del camino, unos muros limítrofes, un sendero poco marcado. Una valla. Y el camino al otro lado de la valla. Y metros más adelante otra valla. Pues vamos al jaleo.
Salto doble de valla.
De nuevo sobre asfalto, estábamos llegando al segundo punto seleccionado por Jesús para recortar. Llevábamos mucho tiempo sin saber del grupo delantero. Abandonados a nuestra suerte.Y eso nos empezaba a preocupar. Más si cabe por ellos que por nosotros.

Podíamos seguir recto y continuar recortando o tomar el tramo a la izquierda de una encrucijada para seguir el trayecto original, marcado este una escombrera en el camino.

Mientras se tomaba la decisión, no faltaron las risas...

video

Continuamos recto, por carretera, haciendo caso omiso al camino oficial. Con ligereza llegamos a Esperaça. Era la hora de la comida y nuestros cuerpos nos pedían un descanso. Aún quedaban unos 20 kilómetros para llegar al pueblo establecido para comer. Pero la decisión era clara. Parar aquí a reponer energías.

Un amable oriundo nos dirigió siguiendo su coche hasta la plaza del pueblo donde había algunos bares. Uno de ellos fue el afortunado. No tenía bocadillos. Pero no fue problema. Como veníamos acostumbrando por todo aquel pueblo que parábamos, arrasamos con las bandejas de fritanga, embutidos, quesos y bolsas de patatas fritas que tenía en el mostrador. Cervezas a una temperatura perfecta. Y dulces, todos los dulces de los que disponía a la vista. Y como no, cafetito y helado.
El comando abrojo con su "menú degustación"
En la sobremesa deliberábamos sobre cómo seguir ganando tiempo al grupo delantero. Jesús, al no conseguir contacto telefónico con ellos, puso la voz de alarma. ¿Y si tal vez les hubiese pasado algo a alguno de ellos? Nos extrañaba mucho que no respondiesen a nuestras llamadas. Y también sabíamos, vía Josete, que aún no habían llegado al pueblo establecido para comer.

- ¡¡¡Tal vez en alguno de los recortes realizados les hayamos adelantado!!!- sentenciaban algunos efusivamente.
- Es imposible, conociendo a Valentín, han hecho los mismos recortes que nosotros.- afirmaba Jesús.
- Pues si van por delante, no deben estar a mucha distancia de nosotros- estimaba Adolfo.
Fito, esperando para salir de Esperança
Pablo había salido a echar un vistazo a las bicis y cuando volvió a la mesa nos comentó que había un señor mayor fuera que hablaba español y que le acababa de comentar extrañado que qué pasaba hoy, que había mucho español con bicis por el pueblo.

Preguntando a la dueña del bar... Resultaba que hacía tan solo media hora que un grupo de diez españoles habían parado desesperadamente pidiendo Coca-colas. ¡¡¡No nos lo podíamos creer!!!

A la misma vez que nos enterábamos de su paradero, una llamada de Josete nos confirmaba que el grupo acababa de llegar a Nossa senhora da Graça, punto indicado para comer, 20 km más adelante de nuestra ubicación. Todos más tranquilos.

Debíamos reanudar la marcha. Por carretera había que dar mucha vuelta. Por camino lo alargaríamos. Mi GPS marcaba una carretera que extrañamente las gentes del pueblo no conocían, pero que a mí me convencía. Iniciamos la marcha, no sin antes recargar de aire otra de las ruedas.
Al otro lado de la orilla, España
Así fue, tomamos camino de un pantano, que también tenía la función de frontera internacional. La carretera del GPS me desviaba del camino original. Tras una pequeña duda, decidimos hacer caso al GPS. Error. No existía carretera como tal. Razón tenían los lugareños. Cura de humildad. Vuelta atrás.
Serpenteando en la dehesa.
No quedaba otra opción que la de seguir el camino original. Bordeamos el pantano, salimos de su vaguada, serpenteamos por encinas. Tierras suaves, onduladas. Tampoco estaba tan mal como habíamos pensado.
Fincas abandonadas
El único problema que se nos presentó fue la reinterpretación de un camino. Que fue ayudado por nuestro compañeros de vanguardia dejando señales en el suelo para borrar las dudas y facilitarnos el paso.
Marcas de nuestros compañeros
A los pocos minutos estábamos en la localidad establecida con el resto de compañeros esperándonos. Risas, anécdotas, recambios, puestas en común de lugares transitados, agua y descanso.

Pero aún quedaban 30 kilómetros para llegar a Elvas, eso sí, los más sencillos de todo el viaje.

Las ruedas llevaban mucho tiempo sin robar protagonismo. Y quisieron volver a entrar en escena. Y así lo hicieron.

A penas dos kilómetros de reiniciar la marcha, la bici de Pablo parecía irse de atrás. Parada. Pinchazo. Se iba de atrás.

De nuevo el "comando abrojo", con un cambio de componente, se quedaba en la retaguardia. Pero no era solo la rueda de Pablo, también la de Juanjo había perdido aire. Increíble, pero cierto.

Miguel había repuesto una cámara en la parada de la comida, pero no era suficiente para estos dos pinchazos. El resto del grupo, había decidido tirar a delante, por lo que no pudimos contar con sus posibles cámaras.

Decisión. Juanjo y Pablo debían volver andando al pueblo de la comida. Jesús llamaría a Josete para que volviese a por ellos y les acompañaría al autobús. El resto seguiríamos con más miedo que disfrute. Sobre todo teniendo en cuenta los mensajes escritos en la arena que nos dejaban los compañeros que rodaban por delante "Peligro abrojos"
Mensajes en la arena.
La tónica de los primeros kilómetros de la mañana parecían repetirse en la tarde, pero ahora ya con terrenos mucho más suaves y viento favorable. Pero de nuevo solos.

Así para cuando llegamos a Campo Maior, las conversaciones habían desaparecido. El grupo estableció una velocidad de crucero que nos hacía devorar kilómetros.

La salida de esta localidad, también con ondulaciones, tomaron matices de carrera. Pulsaciones altas para quitar un poco la carbonilla a nuestras piernas.

Uno estiró el grupo, el otro lo remató. Y cuando quisimos darnos cuenta... apareció ante nuestros ojos el resto de los compañeros a un ritmo mucho más calmado.

Caras serias, de póker. Como de enfadados pero jocosos. Como de molestos, pero cómplices. Como de enemigos, pero amigos.
Comodo carreterin
- Al fondo se ve una ciudad grande.
- ¿Elvas?
- No, Badajoz.
- Qué extraña sensación la de observar tu país a simple vista desde tierras extranjeras.
- Cierto, lo es. Y sin nada que lo delimite. Solo una linde o una línea imaginaria.
- Curioso, sí señor.

Tomamos un cómodo carreterín que nos llevaría definitivamente a la ciudad de Elvas. Como si de un grupo de críos se tratase, unos por delante y el otro por detrás. Juntos pero no revueltos. Guardando ambos las distancias. Sin querer coger unos a otros. Sin aceptar un virtual ataque. ¡¡¡Que no se les ocurriese pinchar!!!
Pinchazo llegando a Elvas
Y pincharon. Sí, y no uno, sino dos. A la entrada de Elvas.

Unos lo llaman Karma, otros Dios, otros casualidad, otros justicia del destino... Sea como sea, no deja de ser completamente curioso y anecdótico. Sobraban manos para ayudar.

Las fotificaciones de Elvas llaman la atención desde el momento que te aproximas, pero te dejan boquiabierto cuando estás dentro de sus entrañas.

Habíamos llegado. La tercera etapa había sucumbido. Reposición de cámaras en tienda de bicis. Duchas relajantes. Cena por todo lo alto. Paseo. Y descanso. Mucho descanso.

Aún quedaba la última y calurosa etapa. Pero ya sería mañana.
Entrada a la fortificación.

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