viernes, 26 de diciembre de 2014

Navahermosa: Hoz de Carboneros

La ruta de la Hoz de Carboneros es tan bella como desconocida. Se encuentra algo olvidada y poco potenciada por las administraciones debido, tal vez, a pequeñas dificultades técnicas y de acceso en su parte final.

Pero esta circunstancia la hace más interesante y aventurera, si cabe. Además, la diferencia de su hermana gemela, la afamada senda de El Chorro de Los Navalucillos.
Chorro de Carboneras
Este desamparo administrativo tiene, como todo, sus pros y contras. Pros; la exclusividad de disfrutar de una ruta en absoluto masificada. Contras; la escasa o nula señalización que se reducs, a día de hoy, a unas sencillas balizas atadas en las ramas de los árboles cada centenar de metros.

Es por ello que es aconsejable ir con GPS, acompañado de alguien que conozca la ruta previamente o que tenga un buen instinto de rastreo, porque, al fin y al cabo el trazado se basa en encontrar el cauce del arroyo Gimena y seguirlo aguas arriba por su margen izquierdo.

De cualquier forma, el objetivo final merecerá la pena y compensará toda dificultad hallada en el camino.


Para llegar hasta el inicio, deberemos desplazarns unos cinco kilómetros desde el centro urbano de Navahermosa. Con el coche tomaremos la calle Carril del Castillo que sale perpendicular a la travesía principal (CM-401), cerca de la salida hacia Toledo. El asfalto dejará paso a una pista bien adecentada para vehículos a motor. 
PIsta de acceso. Castillo de Dos Hermanas
Siempre hacia el sureste, dejaremos el bello castillo de Dos Hermanas a nuestra izquierda, en lo alto de un pequeño risco que asoma entre los huertos, aún próximos al núcleo urbano. 

Cruzaremos el arroyo del Castillo entre chopos para seguir por el camino principal del Canto Gordo, siempre recto y obviando cualquier desvío, hasta encontrarnos con una cadena y un cartel de riesgo de incendios forestales. Es aquí donde dejaremos nuestros coches.
Ruta de la Hoz de Carboneros.
Con las botas ya sobre la característica arena roja de estos Montes de Toledo, tomaremos el camino que sale a la izquierda de la cadena, en descenso.

Nos desviaremos por el segundo camino que sale a la derecha de la bajada y que nos acerca a una pequeña casita de huerta. Poco antes de llegar a ella, nos toparemos con una puerta sin candado que abriremos sin problema (habrá que cerrarla una vez cruzada). Tras un breve paso por estas construcciones, realizaremos la misma acción con una segunda puerta, también sin candado.
Vallado de huertos
Tras salir definitivamente de la cerca de la huerta, seguiremos de frente, buscando entre la vegetación una estrecha vereda. Esta nos guiará valle arriba, estando éste vertebrado por el cauce del arroyo Gimena, que nos acompañará siempre a nuestra izquierda.
Senda a la salida de la huerta.
Una vez encontrada la senda, será fácil seguir su rastro. Poco a poco se irá abriendo paso entre el bosque de robles y confirmando su presencia. Esto nos permitirá elevar la mirada y disfrutar del paisaje que se nos presenta por delante.
Robledal paralelo al arroyo Gimena.
Son primeras horas de la mañana y el Sol aún no se ha levantado lo suficiente, lo que permite que la helada nocturna aún se mantenga presente. Esto crea una bella estampa navideña, dando ese color blanco que tanto caracteriza a esta época de año.
Escarcha aún presente.
El continuo sonido del arroyo que baja su cauce entre diversos saltos de agua, nos llama la atención. Decidimos aproximarnos a él gracias a un claro dentro del robledal que nos permite acceder sin mucho esfuerzo. De alguna manera era como observar el aperitivo de lo que nos encontraríamos al final de nuestro camino.
Numerosos saltos de agua en el cauce.
Retomando la senda, continuaremos por la vereda que en algunos momentos es casi tomada por la vegetación que la rodea. Poco a poco va tomando cierta altura, a la vez que se separa del cauce, para dirigirnos hasta un pequeño prado. Es aquí donde a la vuelta podremos optar por bifurcar la ruta.

Por la derecha se aproxima un camino mejor marcado que será nuestra opción para la vuelta. Pero ahora seguiremos hacia la izquierda por una nueva senda, mucho más evidente que la anterior. Por ella nos acercamos de nuevo al cauce del arroyo.
Senda más marcada tras el cruce de caminos.
El camino se hace ahora mucho más confortable. Incluso se aproxima al mismo cauce del arroyo que venimos acompañando desde el principio. Aprovecharemos que el desnivel desaparece para poder disfrutar de estos bellos parajes.
Aproximación del camino al arroyo.
Esta tranquilidad, solo se verá alterada puntualmente por la aparición de pequeños canchales típicos de estos vetustos montes. El arroyo Trevejiles es el que ahora nos guía y confirma nuestro camino. Será nuestro fiel escudero a la izquierda de nuestra marcha hasta el final de la ruta.
Canchales que conquistan el camino.
Por la derecha llegan algunos regatos, en esta época secos, que vierten sus irregulares aguas a este nuevo arroyo que nos acompaña. El robledal desaparece por momentos, lo que nos permite disfrutar de los paisajes que se abren a lo lejos, a nuestro alrededor. Montes ondulados, conquistados por sotobosque, confirman la longevidad de estas elevaciones.
Aperturas en el robledal.
En uno de estos regatos que caen por nuestra derecha deberemos descender un par de metros bruscamente para poder vadear el cauce. Extremaremos la precaución tanto para bajar como para ascender de nuevo y retomar nuestro camino. En épocas de lluvia tal vez este vadeo se complique en la técnica para cruzarlo.
Salida del vadeo.
El paso nos servirá de aperitivo para lo que nos esperaba unos metros más adelante. Nos estábamos aproximando al verdadero objetivo de la jornada. La Hoz de Carboneros. 

Es desde este punto, situado a unos cuatro kilómetros del inicio, donde aumenta considerablemente la complejidad técnica del paso. Pero también, la belleza del entorno.

El camino sobre el suelo parece desaparecer al toparnos de lleno con una pedriza. Si no tenemos confianza es absurdo continuar. Pero bien merece la pena intentarlo. 

Desaparece el camino. Buscamos los hitos de piedrecitas.
Unos hitos a modo montoncitos de piedra nos guiarán en la dirección correcta. No obstante, no existirá mucha duda puesto que solo tendremos dos opciones, continuar adelante por el único sitio posible y aparente para cualquier persona con sentido común, o darnos la vuelta.

Tras sortear la pedriza, a modo de valla natural, nos habremos adentrado definitivamente en la hoz. Deberemos descender al cauce para vadear el arroyo y cruzarlo por primera vez desde que iniciamos la ruta a su margen contrario.
Vadeo del arroyo.
Es aquí, donde casi seguro deberemos mojarnos los pies en épocas de lluvias. Nosotros en esta ocasión los cruzamos sin problemas.

Subiendo la loma, ya al otro lado del cauce, tendremos especial cuidado. El musgo de esta zona puede regalarnos una mala pisada y resbalar. Es tal la umbría y humedad que guarda este rincón escondido de los montes, que puede jugarnos una mala pasada aprovechando el exceso de confianza.
El musgo gana la partida a la piedra.
Siguiendo el curso del agua, llegaremos hasta la primera chorrera de unos 5 metros. Esta nos llamará la atención, pero no es más que la hermana pequeña del verdadero objetivo de la ruta. Nos aproximaremos hasta su base para tomar una instantánea. Desde aquí dirigiremos la vista hacia nuestra derecha para encontrar el paso, de nuevo, hacia el otro margen del arroyo.
Primera chorrera.
Mucha precaución es poca para atacar el otro margen del arroyo. La complejidad técnica aumenta teniendo que trepar a cuatro manos por un pedregal. Yendo con precaución no será problema para cualquier persona activa.

De nuevo, los hitos de piedra se hacen importantes para seguir la dirección adecuada. Una vez en lo alto, nuestro sentido del oído nos obligará a girar a la izquierda donde entraremos en contacto visual con el objetivo final, del que apenas nos separan 100m.
Hitos de piedra.
Cuando tan solo queden 50m para llegar a la base de esta imponente chorrera, estaremos en el punto más difícil de la ruta. Aquí un saliente de roca de la anchura de un pie, es el único paso para acceder a nuestro objetivo final. A favor tendremos, que apenas se tratan de 5m de longitud.
Acceso a la base de la Chorrera Carboneras.
Objetivo cumplido. La chorrera de Carboneras se presenta imponente ante nuestro ojos, a pesar del poco régimen que desciende en estos días del año. En primavera debe ser espectacular. Su música, bien merece la pena ser escuchada durante minutos. Su cortina de agua nos hipnotizará.



Ahora solo queda disfrutar de un buen almuerzo para recuperar fuerzas, acompañado de un caldito caliente, disfrutando de esta recóndita y desconocida caída de agua de casi una veintena de metros que nada tiene que envidiar al famoso Chorro de Los Navalucillos.
Reponiendo energía.
La vuelta sobre nuestros pasos la haremos con especial precaución, sobre todo por la posible humedad hasta que salgamos del paraje de la hoz. A lo lejos podremos observar el omnipresente Pico de Noez en medio de la llanura toledana. La concentración en el piso a la ida nos impidió levantar la mirada hacia atrás para disfrutar de estas vistas.
El pico de Noez desde la Hoz Carboneras
Una vez sobre el piso firme, fuera de la hoz, tardaremos poco en llegar a la bifurcación de caminos donde optaremos por tomar el paso de la izquierda. Si seguimos por la derecha la ruta sería completamente lineal. Es un poco más largo que el tramo de ida, pero con mucho mejor piso y, por lo tanto, más rápido.
Camino de vuelta tras la bifurcación.
Solo nos encontraremos una nueva bifurcación, que tomaremos nuevamente a la derecha. Ahora solo queda llegar al coche, acercarnos al pueblo para tomar unas merecidas cervezas y recuperar las sales y líquidos gastados en esta apacible mañana de diciembre.

No hay nada como salir a la montaña en medio de un anticiclón invernal.
Hasta la próxima.

2 comentarios:

  1. Iremos este domingo. A ver si no nos perdemos!

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  2. Me gusta mucho como habeis explicado y detallado el recorrido de la ruta.
    Muchas gracias por haber informado.
    Facebook : PS Gastasuelas

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