jueves, 9 de junio de 2016

X Los 10.000 de El Soplao

Era, es y seguirá siendo máximo mi respeto por esta prueba ciclista de montaña. Los 10.000 del Soplao. Una ruta con inicio y fin en la localidad cántabra de Cabezón de la Sal que recorre todo el centro-oeste de esta bella región.

El trazado discurre por el Parque Natural de Saja-Besaya y los espectaculares valles de Cabuérniga y Valdáliga, todos ellos compuestos por verdes y onduladas cumbres. Suaves horizontes que no deben llevarnos a la confianza. El "Infierno cántabro" lo llaman. Y sí, lo es.


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Varios compañeros de fatiga habían vivido en sus propias piernas dicho infierno, pero con suertes dispares. La de Tomás en el 2012, aterradora. La de los "Templarios", tres años más tarde, mucho más cautivadora.

Dudas, respeto, ganas, miedo. Motivación. ¿Cabeza o corazón?

Samu, Mario, Luis y Dave lo tuvieron claro desde un primer momento. La mecha parecía humedecida. Pero Alberto la secó... Y la pólvora corrió... More, Kike y Jacin. Las oportunidades hay que aprovecharlas. Órdago a grandes. ¿Por qué no? Ganó el corazón.

Guerreros cántabros.
Y sí. Allí nos presentamos ocho valientes amigos. Entusiastas de la bicicleta. Dispuestos a disfrutar de un fin de semana especial. Diferente a los demás.

El cuartel general lo estableció Samu en la bonita población de las "tres mentiras", Santillana de Mar. Dos coquetos apartamentos serían testigos de los nervios, ilusión, tensión y entusiasmo que este grupo de toledanos derrochaban en estos parajes tan diferentes a los de sus tierras natales.

Tras la recogida de dorsales. No tardaron tiempo en hacer pleitesía a su filosofía de "Bike & Pelotis". Allí estaban, en la terraza de cualquier restaurante italiano, tomando sus cervezas esperando a los rezagados para iniciar la inevitable "cena de la pasta"
Esperando la pasta, sin dejar la cerveza.
El respeto nos impide el clásico peloti. La mente pasaba por dejar todo preparado y descansar (o intentarlo). Las cinco de la mañana llegan pronto.

Un potente desayuno. ¿He dicho nervios? Muchos. Pero más eran las ganas. El traslado hasta el inicio, de apenas un cuarto de hora, permite ver el amanecer. Y con ello, confirmar las previsiones meteorológicas que tanto habían robado nuestra atención en las últimas semanas. Nubes.

Un poco más tarde de las 7:00 estábamos en el punto de salida. Mucho más cerca de la cola que del inicio. Conversaciones. Encuentros. ¿Un plátano con micrófono? Sí.

Thunderstruck. Cuenta atrás. Traca. Olor a pólvora. Esto se mueve. Nos vamos. Con saludo y ánimos en primera persona del afable presidente cántabro.
Salida
La salida siempre es peligrosa. Eléctrica. Ciclistas a todo tipo de velocidades empapándose de los primeros baños de masas de la jornada.

Un giro a derechas nos enfila hacia Santibañez. Primera subida, primer tapón. Resignados, sabíamos que ocurriría. Pie al suelo y a empujar por el piso de hormigón.

Tras el embudo, continuamos la primera subida, ya sobre la bicicleta. Los invernales de San Ciprián que arriba nos esperan, son los que dan nombre a esta primera tachuela.

Subida tendida, ancha, sencilla. Corta. Las piernas están frescas, tal vez demasiado. Cuesta ponerlas a tono.

Una vez arriba, la bajada es aún multitudinaria y polvorienta. Cuidado.

Tras un leve paso por asfalto, volvemos a desviarnos por pistas. Ahora otro corto ascenso hasta San Vicente del Monte.

Son estos primeros kilómetros un continuo "subeybaja", con desniveles variados y caminos serpenteantes que van limando las piernas desde el primer minuto. Una especie de carta de presentación. Ondulados e inmensos prados tratan de hipnotizarnos. Pero el esfuerzo es empírico.

Ahora sí, una nueva subida con nombre propio. La Cocina. Este año con polémica por su arreglo hormigonado. ¿Polémica? ¡¡Gracias a Dios que lo han hormigonado!! Una recta larga y cruel. Torturadora. ¿Para qué usar curvas de herradura? Nada... To´ tieso pa´rriba...

Pechazos contra el manillar. Imágenes en cámara lenta. Juegos de equilibrio. No quiero imaginar este tramo con su anterior piso revuelto de piedras, barro y agua...

Arriba un leve descanso al paso por Caviña. Salida a un perfecto asfalto en busca de los 10 "tornantis" que nos dirigirán a las puertas de las cuevas que dan nombre a esta prueba. Las cuevas del Soplao.

Avituallamiento; a mansalva. Oxígeno; a mansalva. Vistas; también a mansalva.

Descenso. Ojo. A vistas de Mario, de esas que puedes descansar y comer con tranquilidad. Disculpen que me lo permita. JA - JA - JA.

Tierra rojiza, como si fuese tomada de la sangre de ciclistas que despistan su atención una sola décima de segundo en este peligrosísimo tramo.

Llegada a Celis. De nuevo las gentes volcadas en las calles. Una tónica que se repetiría durante todo el día. Y repito con mayúsculas, TODO el día; en cualquiera de las poblaciones y condiciones meteorológicas. Increíble lo de estas gentes. GRACIAS.

Acabábamos de abandonar el valle de Valdáliga. Y por carretera poníamos rumbo en busca de un nuevo enclave; el valle de Cabuérniga.

Entre Puentenansa y Carmona, un pedregoso paso sobre el río Quivierda nos dejaría inmortalizados para la prensa a nivel regional. El periódico "El Diario Montañés" seleccionaría una foto de este punto para dejar patente la dureza de la prueba. del destino, nosotros apareceríamos en él.

El paso por la bonita localidad de Carmona, daría el pistoletazo de salida al ascenso de Monte Aa. Primero por liviano asfalto. Luego por pista. Dura, muy dura en sus inicios, con rampas de hormigón con un elevado porcentaje de desnivel. Con curvas imposibles que se retuercen para elevar el trazado con testarudez hacia su collado.

Rotura de radio. El único problema mecánico que surgiría. Pero le pasó al más duro, al que da "asquito". Le da igual. Con la rueda como un 8 durante 120 km acabó su particular Soplao. Grande Albert.

El Monte Aa suaviza su tortura en los kms finales. Desaparece el hormigón. Desaparecen las curvas tortuosas. Desaparece la dureza... Y aparecen los paisajes. Aparecen las sonrisas. Y aparece... "la chica de las gominolas". Sí, como suena. De forma completamente altruista y ajena a la organización. Marcado ya como propio, está la curva de las gominolas. Y no íbamos a hacer el feo. Aceptamos las gominolas. Que dicho sea de paso, nos aportaba un poco de energías; a parte de ese gracioso y mágico momento.

El Monte Aa selecciona, lo que se traduce en un descenso más tranquilo y suave. Pero nunca relajado. Más si cabe con la mala imagen con la que nos encontramos en una de sus cunetas. Un compañero bien atendido por los servicios médicos nos recordaba que nunca debemos bajar la guardia.

Una vez acabada la bajada llegamos a Ruente. Localidad con situación estratégica importante para la prueba por varios motivos.

Lugar donde se culmina el rodeo o bucle a la Sierra del Escudo de Cabuérniga. Lugar donde se coincide por primera vez con los compañeros de la prueba de trekking. Lugar perfecto para los arrepentidos, puesto que después de 60km, tan solo está 5km de la salida/meta. Lugar donde acaba el primer sector de la prueba, el de los ascensos cortos. Lugar que tiene uno de los pasos que dan carácter a esta prueba, su peculiar puente románico, obviado en esta edición para evitar innecesarios tapones.

En definitiva, un punto y seguido en los 10.000 del Soplao.

Punto y seguido, que junto con la localidad de Ucieda, nos da paso y nos abre las puertas al Parque Natural Saja-Besaya. Por delante nos esperaban unos paisajes únicos, protegidos, singulares.

El Sol había estado haciendo tímidas apariciones entre las nubes. Y lo seguiría haciendo hasta coronar la siguiente cima, el Moral. Después, desaparecería definitivamente.

El ambiente del avituallamiento del Moral, previo a su ascenso, es indescriptible. Hay que estar allí para disfrutar de la muchedumbre. De los cruces de miradas y complicidad entre ciclistas y senderistas. Las caras de ilusión, cansancio y respeto están repartidas por igual sobre ruedas o botas.

Comenzaba la segunda de las tres grandes partes en las que puede dividirse la prueba. La de los ascensos largos y psicológicos.

El Moral recibe el nombre por la ermita que vigila los pastos desde lo más alto. Pero bien podía ser por la moral necesaria para subir este puerto. Aquí se inicia el verdadero Soplao.

Tras acompañar el río Bayones por su vega, un giro a derechas nos comienza a elevar por las laderas de las montañas. Los primeros kilómetros bajo la supervisión y protección de un denso bosque que pronto desaparece a traición para darnos con la realidad en la frente.

Un hormigueo de ciclistas, surcando la ladera kilómetros adelante hasta un collado ¿será aquello el final? No, era alto del Leonzón lo llaman.

Y es aquí donde me di cuenta que mis piernas no iban relajadas en busca de guardar fuerzas de manera voluntaria. Es que simplemente, no daban para más. Sería el único ritmo que me permitiría mi cuerpo, conquistado por los antibióticos que estaba obligado a tomar.

Los veía marchar. A todos mis rojitos. Siempre con contacto ocular. Mario miró para atrás, Kike miró para atrás, Alberto miró para atrás. Gracias.

Tras tomar este primer alto, un nuevo collado se divisaba a lo lejos. ¿Sería aquello el final? No, era el alto de Roiz.

- ¿Qué tal vas More? -preguntaba Kike.
- Voy... -era lo único que conseguía articular.

Alberto inmortalizaba ese momento con una foto donde sólo pude señalar a Mario, agradeciendo ese gesto de compañerismo; cual goleador señala a su asistente en un partido de fútbol.

El Moral estaba acabando con mi moral. O por lo menos, me estaba devolviendo a la realidad.

Junto con mis compañeros, un nuevo collado apareció a la vista. Ya no quise preguntar. Un leve descanso me llenó de moral... para conquistar definitivamente el Moral.

Avituallamiento líquido. Malas sensaciones. Miraba y escuchaba al resto de la expedición con caras alegres, risas y satisfacción. Envidia... sana, por supuesto. Se agradecía enormemente el interés general por mi situación. Pero, era lo que tocaba.Sufrir.

Sin mucha dilación, marchamos en busca del descenso. Rápido, pero cómodo. Con vistas en su primera mitad y encajonado en su parte final. Acabaríamos desembocando perpendicularmente en una nueva carretera; la que nos daría acceso a la bella localidad de Bárcena-Mayor.

De nuevo, punto estratégico en la ruta. Girando la cabeza a la derecha, en dirección opuesta a la oficial, ahorraríamos en menos de dos kilómetros, unos cuarenta kms de ruta y los dos pasos más altos de la jornada. Tentación de recortar. Soledad. Vacío. Frialdad.

Pero si girábamos a la izquierda...

Muchedumbre. Jolgorio. Colorido. Pancartas. Pintadas en el asfalto. Coches en las cunetas. ¿Qué es esto, el Tour de Francia? ¡Una pasada! Se disipó todo atisbo de duda.

El grupo en bloque. Rodando cual unidad rojiblanca (lo siento vikingos). Los ciclistas tomaban nuestra rueda y los aficionados disfrutaban a nuestro paso:

- ¡Mirad ese equipo rojo! -señalaban unos.
- Muy bien campeones... -jadeaban otros.
- Así da gusto; todos juntos. -animaban los demás.

Llenos de moral, física y mentalmente, llegamos al avituallamiento de Bárcena-Mayor.

El cielo, encapotado definitivamente, comenzaba a emitir unos truenos que amenazaban lo que las previsiones meteorológicas habían anunciado. Con puntualidad inglesa.

Un avituallamiento ligero, de tiempo y cantidad, fue suficiente para afrontar la subida más larga y llegar al punto más alto de la ruta. Cruz de Fuentes.

El paso por la bella localidad de Bárcena, nos daba el pistoletazo de salida para quince kilómetros de ascenso. Los cinco primeros muy suaves, acompañando aguas arriba por la orilla del río Lodar.

Los diez restantes, tensos y duros mentalmente. Excepto en un leve descanso, no se para de acumular desnivel en todo momento. Es más tendido que el anterior, pero se hace eterno.

Si en el Moral teníamos farsantes referencias visuales; en Cruz de Fuentes era difícil divisar más allá de cierta distancia. El bosque impedía tener largas referencias. Mirando los laterales de la pista, no aparecían abismos que confirmasen el desnivel que estábamos acumulando. Todos estos detalles, armas de doble filo.

Sumido en mi particular batalla interna, solo permitía pensamientos positivos. En el ascenso se sobrepasa la barrera psicológica de los 100kms. Si coronábamos, habíamos conseguido lo más difícil. La lluvia parecía no llegar. Ingenuo.

Miraba al rededor, caras de sufrimiento. ¿Qué necesidad tengo yo de hacer esto?  Estaba ahí, subido a una bici sin disfrutar de lo que la naturaleza me ofrecía, sin compartir la experiencia con mi gente. Abstraído y concentrado solo en penar lo menos posible.

En la parte final, el bosque se abre, la brisa aparece, las vistas se despejan. Los sentidos salen de ese letargo al que estaban sometidos. El collado aparece a lo lejos.

- Kike...
- ¿Qué?...
- ¡Bebe!...

Kike andaba sufriendo en esta parte final; Mario y Alberto lo cuidaron, tanto o más que a mí. El resto, esperando en lo alto de la montaña. Todos unidos para seguir juntos a pesar del incómodo viento que azotaba en este punto. Gritos de ánimo y caras joviales sacaban un esbozo de lo que quería ser una sonrisa en mi cara. Gracias chicos.

Al otro lado de la vertiente, las nieves copaban las cotas del puerto de Palomberas. El cuerpo parecía recuperar sensaciones. Las vistas despertaron el alma, y el descenso destapó el cuerpo.

Bajada rápida y bonita. La atención luchaba entre la mirada segura al camino o al agraciado horizonte. Tablas en la disputa.

El ascenso a Ozcaba resultó muy diferente a los anteriores. Las buenas sensaciones comenzaban a ganar terreno. Disfrutando de la subida con el grupo y sus bromas. Pudiendo llevar un ritmo más alegre. Son seis kilómetros bonitos con densos bosques en su inicio y verdes prados en su final. Pero con propina...


El avituallamiento es para dar gracias y no parar de hacerlo. Caldo casero. Un caldito que venía en el mejor momento. Justo para terminar de confirmar las buenas sensaciones. Pero ojo, que esto no había terminado aún.

Tras cruzar el collado de los invernales de Ozcaba... ¡¡¡Sorpresa!!! Se observa al fondo el serpenteo de ciclistas. Un recuerdo leve a lo que fue el Moral. La propina de Ozcaba.

Demasiado estaba tardando el tiempo en hacer buenas las previsiones. En lo más alto, en lo más expuesto de la montaña comenzó a diluviar, casi a nevar; con una fuerza tal que la precipitación era horizontal. Kilómetros antes de coronar, chubasquero puesto y a sufrir. Mantener vertical la bici resultaba un objetivo complicado.

Fue un momento tenso este que nos tocó vivir justo en el momento que rodábamos por la cuerda de estas montañas. Sin refugio alguno para evadirnos del agua o viento. Solo quedaba, rodar para bajar lo antes posible y recuperar temperatura.

Descenso raro. Barro, piedras, charcos, agua. Gafas embadurnadas. Visibilidad penosa. Ganas de bajar rápido... sin poder bajar rápido.

El cuerpo calado con sensación de frío y necesidad de tener templanza. Difícil combinación.

Colsa nos recibía con su asfalto. ¿Paramos? Lo siento, pero necesitaba recuperar temperatura. Sigo bajando con la compañía de Samu. Los demás optan por parar y cambiar atuendos.

- ¿¡Antonio Lobato?! El de la Fórmula Uno...
- ¿Podemos hacernos una foto con usted?!

Ese regalo se llevaron los que esperaron en Colsa. En ese mismo momento, más abajo, ya estábamos cruzando Los Tojos Samu y yo. La carretera serpenteante y divertida nos deja en lo más profundo del valle. Ya con algunos grados más de temperatura y de camino hacia Correpoco.

Correpoco. Su propio nombre lo indica. Un tramo incómodo, agitado, batido. De los que aman los corredores técnicos y potentes. De los de obligan a una concentración máxima sobre la bici para la elección de un correcto trazado. De los que necesitan una potencia extra en tus piernas. Un esfuerzo mental y físico. Justo lo que no sobra a estas alturas de carrera. Pero puedes hacerlo, ¿por qué no?

Consejo. Vienes de una larga bajada con piernas relativamente descansadas. Subidón mental porque estás conquistando el Soplao. ¿Por qué voy a tener que bajarme de la bici? Por humildad... Y porque lo que te viene después puede hacerte llorar. Y porque no pararás de maldecirte lo que queda de jornada por no haber ahorrado fuerzas en este diabólico tramo.

El descenso hasta el puente de las Truchas, también es comprometido. Piso sucio y húmedo. Ojo a las curvas. ¿Verdad Samu? Risas... pero pudo ser peor.

Poco tiempo para rodar, justo cuando el giro violento a derechas nos deja una pared ante nuestros ojos.

¡Bienvenido al Infierno... digo, al Negreo!

¿Y qué necesidad hay de hacer eso con 135km en las piernas?

Ánimo, son solo 5km al 10%, con picos que superan la veintena porcentual. "El hormigón no engaña". Desde luego.

Manos a la obra. Pero... ¡coño, un avituallamiento! Cinta de lomo, quesada, bizcocho... Esto no se hace... Al menos, no en este momento...

Fuimos atendidos y tratados como héroes aquí. Mientras, reagrupación con el resto de compañeros para intentar subir todos juntos. Imposible.

Las gentes se agolpaban en los laterales. Gritos de ánimo y mensajes tan destornillantes como ciertos:

- ¡¡¡Venga chavales, que Froome ganó un Tour con "el molinillo"!!!

Sí. Sacó la sonrisa de todo el grupo. Sonrisa que pronto se borraría de nuestras caras.

Una, dos, tres, cuatro... las curvas de herradura con piso de hormigón se iban acumulando. El personal echaba pie a tierra. Equilibrio sobre la bicicleta, concentrado en la ruda delantera. Todo aquel osado que levantase su mirada solo vería hormigón y cielo.

Antonio Lobato, sí el de la Fórmula 1, se mezcla entre nosotros. Es justo el momento en el que mi cuerpo dice basta. Se acabó. Final de buenas sensaciones y final de reservas en el cuerpo.

Pero no voy a poner pie a tierra. Mis compañeros me buscan desde la altura. Les indico que marchen. Sabía que me dejaría una minutada arriba y las nubes comenzaban a echarse sobre el monte.

A la vez que la pendiente se vuelve más dócil, el piso se torna laborioso. Pérdida total de referencias, sensaciones, ánimo y ganas. Llegaré solo a meta. Había caído en el último coloso. Pero sin poner pie a tierra.

Necesitaba referencias y la única que disponía era la del GPS, situado en mi bolsillo desde hacía kms para recargar batería. Parada, técnica, vista de referencias en mi cómplice e incondicional amigo digital. Ya está.

Decenas de biker me adelantaban. Solo era cuestión de terminar. Solo. Pero hoy había tocado así.

Gritos. Aspavientos. Siluetas. ¿Estaba delirando? No. ¡Estaba coronando! Y allí estaban mis rojitos... Esperando. Luchando contra el frío y humedad. Emoción. Sois muy grandes. Todos. Luis, Mario, Dave, Kike, Samu, Albert, Jacin.

- ¡Vamos More, un par de repechos y ya hemos llegado!- me alentaba Mario.

Vamos a ver... Para los lectores.... Un par de repechos, no. Son 7km de subidas, bajadas, llaneos y unos cuantos repechos, entre ellos el puerto de Carmona, hasta que se comienza la definitiva bajada. Repechos, que con las fuerzas que quedan, son auténticos muros.

- ¡Me cago en tu p.. vida, Mario!
- ¿Qué dices More?
- ¡Que te quiero mucho, cabrón!

Por fin llego el definitivo descenso, rápido con partes del piso suelto. Atención máxima para no estropearlo todo a última hora.

El camino desemboca en la parte final del descenso de Monte Aa y por consiguiente en Ruente. Ahora sí, solo quedan los últimos 5km por asfalto llano.

A bloque, en equipo, juntos, protegidos. Volando sobre ruedas llegamos a Cabezón 12 horas y 50 minutos después, para llenarnos de gloria y saborear el triunfo de un nuevo reto conseguido...

EN GRUPO, EN EQUIPO.
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