sábado, 14 de julio de 2018

Las Chorreras de Enguídanos y el PN de la Sierra de Cuenca

Un nuevo puente. Y con ello, una nueva ocasión para escaparnos del mundanal ruido y la rutina diaria. A nuestra "culona" la tocaba en esta ocasión desplazarse hacia el este peninsular en busca de nuevos lugares para conocer.

El objetivo principal sería la visita a Las Chorreras de Enguídanos. Una serie de bonitas e interesantes pozas y cascadas que se sobreponen en un tajo abierto por el río Cabriel en una zona a caballo entre la llana Manchuela y las primeras estribaciones del Sistema Ibérico.

Su visita fue recomendada por un gran amigo que nos instaba a su visita antes de la época estival y su inminente regularización de acceso, debido a los excesos turísticos en años anteriores.

Así pues llegamos la tarde del sábado a la escondida y encajonada localidad de Enguídanos, para buscar un lugar donde hacer noche. Sería esta, una buena opción en la zona de La Playeta, junto a la represa de La Lastra. Una zona que no está en la misma base de las chorreras, pero que permite un aparcamiento mucho más accesible.

Allí cenamos y pasamos la noche, es un lugar ideal también para el baño con precaución. Con fecha 1 de mayo estuvimos solos en el lugar.

A la mañana siguiente teníamos la opción de aproximarnos andando desde este mismo lugar (3+3km), cruzando el dique de la misma represa, o aproximarnos con la furgo a la base de las chorreras donde el parking es más escaso.

Al ser pronto optamos por la segunda opción y no tuvimos problemas para aparcar.


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Iniciamos la ruta junto a un edificio en abandono y unas casas que parecen rehabilitadas donde una iglesia nos hace pensar que tiempo atrás hubo más vida en el lugar.

Nos dirigimos por la vertiente derecha del cauce (dejando el río a nuestra derecha) y empezamos a disfrutar de las imponentes caídas de agua. Una tras otra, cual parque acuático natural. La temperatura no acompañaba al baño, pero no nos importaba. Era tal la belleza que con ello nos dábamos por satisfechos.

Seguimos el curso aguas arriba según indicaba el GPS, el camino parece desaparecer pero hay que hacer una zona un poco empinada para seguir nuestro camino. No es el trazado oficial y no encotraremos señalización alguna.

Los senderos sobre la vegetación, el GPS y la intuición nos guiarán por el camino correcto.

Llegaremos a un segmento donde deberemos extremar la precaución. Un tramo expuesto con un peligro significativo nos hace ponernos en alerta. Es justo en un recodo que el río realiza, presentándonos una perspectiva espectacular.

Pasado este complejo paso, al poco el sendero desdemboca en una pista que nos dirige directos a una pista asfaltada que hace las veces de canal del pequeño embalse de Víllora.

Estamos en el punto más alejado y queda volver por el camino oficial. Más adecentado y seguro que la primera mitad del recorrido.

La vuelta es mucho más rápida y tanquila. Menos expuesta y algo más alejada del cauce, pero compensado con un par de miradores que bien merecen la pena nuestra antención.

El descenso hacia el inicio nos introduce en unas casas abandonadas y a la altura del cauce donde podemos bañar o continuar la marcha para hacer un pequeño vadeo que en la época que fuimos nos llegaba a la altura de los gemelos.

Un final refrescante que agradecieron nuestros pies despues de casi 9 km de marcha por este espectacular enclave.

Tras unas dos horas y media de paseo, el aspecto del parking había cambiado por completo. La zona comenzaba a llenarse de gente. Momento que aprovechamos para despedirnos y seguir nuestro camino.

Nuestro objetivo era el nacimiento del río Cuervo. Y la ruta a seguir la siguiente. Cardenete - Carboneras - Cañete (interesante para visitar en otra ocasión) - Huerta del Marquesado.

Aquí en la zona del Marquesado, la carretera es muy peculiar, estrecha, angosta, retorcida... Como si de un camino asfaltado se tratase. Perfecta para disfrutar de la conducción. Y si además comienza a nevar de improvisto, le damos un punto perfecto al viaje. Estábamos entrando oficialmente en la Serranía Conquense.

Tras concluir este bonito paraje, llegamos a Valdemeca y posteriormente al desvío de Tragacete/Uña.

Decidimos desviarnos hacia Uña para ver su laguna y tomar una cerveza en uno de sus bares. Un piscolabis y vuelta para atrás a retomar el desvío en busca de la localidad de Tragacete.

Debíamos llegar a Vega de Codorno, pero decidimos estacionar la furgo justo enfrente del mismo desvío al Nacimiento del Río Cuervo. Allí comimos, pasamos la tarde metiendo una paliza a Afri al Uno (y ella a mí al cinquillo) mientras fuera nevaba como si no hubiese un mañana.


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Y como no me puedo estar quieto, en un momento en el que el sol pudo con la tormenta, sali de la furgo para inspeccionar la ruta el Cerro de San Felipe para el día siguiente pero... debido a estas inesperadas nevadas, necesitaríamos raquetas y no disponíamos de ellas.

 Así que la solución fue visitar el nacimiento del río Cuervo. Una corta ruta de una horita. Disfrutar del bello paraje y posterioremente de un paseo sobre la nieve que tapaba el suelo del denso pinar.

Tras la ruta, un cafetito pagado a precio de oro en uno de los restaurantes y a cenar para descansar y seguín nuestro viaje nómada el día siguiente.

A la mañana siguiente, tocaba desplazarse hacia Tragacete y buscar la salida de la ruta del nacimiento del río Júcar.

A la altura de un albergue dejamos el coche, pero de camino allí, una bella cascada llamó nuestra atención.


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Los tres primeros kms son por una pista ancha y adecentada incluso para el tráfico de vehículos. Pero que en las condiciones de las lluvias y nevadas, solo era compatible para todoterrenos.

Unos kms que sirvieron de calentamiento a las piernas antes de llegar al estrecho del infierno, donde una pancarna infomativa nos indica de su cauce dependiendo de la época del año. En nuestro caso invierno/primavera era posible que el cauce coincidiese con el mismo paso del camino por lo que podíamos mojarnos los pies o ir saltando de piedra en piedra en busca del camino más idóneo

Es un secto curioso y divertido que poco más adelante cambia por completo encauzándose por regueros mientras que el camino trancsurre paralelo entre pinos y pequeños prados.

La nieve amenazaba con precipitación pero se mantuvo durante los cinco km de ascenso hasta el punto final

Un tramo pedregoso bajo la nieve complicó el paso, dando un punto divertido al momento, tras el cual un extenso prado recauda als aguas de lo que es e inicio del río Júcar. Nada que ver con su hermano del día anterior. Ni cartel, ni fuente. Nada. Tocaba ahora descender por el mismo camino disfrutando de la nieve en un día completamente encapotado.

Al menos Kenya se lo pasó genial con el agua y correteando entre el prado nevado.

Tocaba de nuevo tomar la "culona" para ascender el puerto de El Cubillo y cruzar a la vertiente del río Tajo. Allí en esa misma carretera encontraremos el monumento al nacimiento del río más largo de la península que 1.007 km después cedería sus aguas al Atlántico en Lisboa. Un simple reguero. Nada particular ni bonito, solo el lugar de ese nacimiento de un río que a los Toledanos nos tiene ganado el corazón. Un poco defraudados por el lugar, nos metimos en la furgo en busca de la bella localidad de Albarracín.

De camino a Albarracín, descubrimos el puebo de Calomarde donde una ruta por una bonita hoz del río Berro hace las delicias turísticas de esta pequeña localidad.

Albarracín es como Toledo pero en chiquitito. Escarpado, laberíntico. Con callejuelas que invitan a perderse entre sus fachadas de un color ocre caracterísctico. Podemos subir a su castillo o bajar al bonito paseo que acompaña al río Guadalviar. Cualquiera de las opciones serán acertadas para un tranquilo paseo por esta bella localidad.

Tocaba hacer las maletas y volver a casa. Una fuerte nevada nos despide de estos montes Universales que nos han resultado tan desconocidos como interesantes. Un acertado lugar para dedicarle un merecido tiempo de ocio.






viernes, 13 de julio de 2018

Suiza y Croacia

Cuando aún estando en Navidad te planteas ya las vacaciones de verano, eso indica la ilusión que tienes por viajar. El problema surge cuando una parte de la pareja propone montaña y la otra parte playa.

Pero como buena decisión salomónica, el resultado fue dividir el viaje en dos; una primera a la montaña y la segunda a la playa. Así pues se gestaron Suiza y Croacia.

Una vacaciones intensas, exprimidas al máximo para recorrer todos los rincones posibles, todas las ciudades posibles. Por delante aún había medio año para dejar todo organizado. Este fue el resultado.

Vuelo desde Madrid a Milán (situado a 120km de la frontera suiza, nos ahorraría precios en vuelos y coche de alquiler).

En tierras italianas arribamos a media mañana y allí mismo recogemos el un coqueto Smart con la empresa Magiore. Espacio suficiente para nosotros dos y las dos maletas de mano.

Destino Domodossola, sería la última ciudad italiana antes de acceder a la frontera suiza de Gondo, donde debemos comprar la pegatina que nos permita conducir por las carreteras suizas.

El paso de Simplon nos da la bienvenida mostrándonos la majestuosidad de los alpes suizos. El descenso hasta Brig nos demuestra que, "esto es Suiza".

Nuestro destino era la pequeña población de Rarón, en el valle de Valais. Allí, en un bonito y recién creado apartamento pasaríamos nuestras tres primeras noches. Nos costó encontrarlo, pero mereció la pena. Dueño muy atento que nos regaló un vino de su propia cosecha de bienvenida y casa de dos plantas muy acogedora.

Pero antes de llegar, debíamos hacer nuestras dos visitas turísticas, sin escatimar en kms. La primera el ascenso en telecabina al Glaciar Aletch. Espectacular lengua de hielo que desciende desde las posiciones del Jungfrau, Eiger y Monch. Tres cimas míticas que podíamos divisar desde nuestra localización. Unas fotos, un par de cervezas y un breve descanso disfrutando de las primeras vistas que nos ofrecían estas montañas helvéticas.

El precio de subida no es barato, como todo en este país, por 90CHF los dos pases de subida y bajada desde la localidad de Friesch hasta el Eggishorn.

Continuaríamos nuestro viaje hacia el este, aguas arriba del Ródano que vertebra todo este espectacular valle de Valais. El viaje en sí ya merece la pena a pesar de las horas que llevamos de traslado. Un valle que se va encajonado por momentos hasta llegar a Gletch, desde donde sale el desvío al Grimselpass que en esta ocasión obviaremos en busca del Furkapass.

Allí antes de hacer cima, en una de sus múltiples recurvas encotraremos el acceso al glaciar del Ródano. Un tiket de 7CHF por persona te permite entrar a una cueva excavada literalmente en el glaciar. La sensación es espectacular la de sentirte dentro de una cueva de hielo con millones de años. Para acceder a ella, tendremos un corto paseo de poco menos de un km donde también disfrutaremos de las vistas de la cascada y el lago del Ródano.

Durante esta visita, el tiempo que llevaba un tiempo amenazando, terminó por cumplir sus expectativas y comenzó a diluviar. Tiempo que aprovechamos para llegar al lugar de nuestra residencia en Raron para los próximos días y recibir una calurosa bienvenida ya casi a las 21:00 de la noche y disfrutar de nuestro merecido descanso.

La mañana siguiente tocaba madrugar. Las nubes suelen ir apareciendo a medida que avanza el día y teníamos que aprovechar la estabilidad atmosférica para poder divisar el objetivo principal del viaje al país de las montañas. El monte Cervino (o Matterhorn).

Así pues a las 7:00 estábamos cogiendo el coche destino Tasch, algo menos de una hora nos llevó el viaje para aparcar en la estación y tomar el tren que nos llevase hasta Zermatt, ciudad libre de coches de combustión. En Tasch aprovechamos a desayunar mientras llegaba el tren.


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En menos de media hora se realiza el recorrido Tasch-Zermatt. Una vez en la localidad del Materhorn, todo aquello parece un escenario de película. Casas de madera, todo en perfecto estado, calles limpias, aire fresco... y el afamado pico Cervino sobre los tejados.

A tan solo 50m se encuentra la estación del tren-cremallera que asciende hasta Gornergratt. Primer tren de estas características que se construyó en Europa. Precio caro para ascender hasta este punto donde divisaremos el glaciar Gorner y el Monte Rosa (el más alto de Suiza)

En su trayecto, cámara preparada para fotografiar y disfrutar de la silueta limpia de nubes del Cervino.

Desde arriba la opción era la de descender dos de la cinco estaciones. 4km en descenso que nos permitirá disfrutar de los prados y del lago más fotografiado del mundo, el Riffelsee que refleja sus aguas el monte Cervino.

Pero antes de iniciar la marcha, el sol reflejaba sus radios ante el imponente macizo del Monte Rosa con sus glaciar a los pies. Unos momento de relajación divisando este paraíso natural.

Desde Gornergrat descendemos durante un paseo de poco más de una hora hasta Riffelberg, previo paso por la estación de Rotenboden, donde se encuentra el afamado lago. La sensación de pasear por estos prados te llena de felicidad. El tiempo atmosférico acompañaba en estas primeras horas, las vistas eran espectaculares, el momento único.

Tras el bucólico paseo, cogimos el tren el la estación de Riffelberg para ya descender de nuevo hasta Zermatt. Se puede bajar andando hasta la ciudad, pero queríamos visitar otra zona dentro de este valle.

Ya abajo, un pequeño paseo por la ciudad nos permite conocer la realidad en la que nos encontramos. La estación de funicular que nos ascendería hasta Sunnega y después en telecabina a Blauherd, se encuentra al otro lado del cauce del río.

Ahora tocaba realizar la ruta de los Cinco Lagos. 9km de descenso (el ultimo es en ascenso) que nos levará unas tres horas. Para ello iniciaremos la ruta en la estación de Blauherd e iremos descendiendo pasando por cada uno de los cinco lagos hasta llegar a la estación de Sunnega que nos devolverá, vía funicular a la estación de Zermatt.


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Una ruta que merece la pena realizar por la siempre presente silueta del Cervino, la preciosidad de sus lagos, sobre todo los más altos. Y los senderos que surcan los prados. La morrena central que parece descontextualizada.

Hay varios caminos para unirlos pero todos rondan los 9 km.

Una vez de nuevo en Sunnega, es obligatorio tomarse una cerveza en la espectacular terraza con vistas al valle.

 De nuevo en Zermatt solo queda coger el tren de camino a Tasch, retirar el coche y pasar por un Coop, los supermercados más habituales y comprar la cena para la noche.

Todas las gestiones de precios de trasnporte para este valle de Zermatt lo realizamos desde esta página web. Donde puedes consultar todos los precios. De manera orientativa, por persona, todos el día usando el transporte que indico en el día de hoy, salió por unos 110€.

La tarde de relax en nuestra casita de Raron disfrutando del vino y las bonitas vistas a su iglesia.

El tercer día sería más de visitar ciudades, así que había que ponerse guapos y quitarse la ropa de montaña. Eso sí, el coche lo íbamos a sacar muy buen partido.

Las visitas a las ciudades serían casi exprés. Con pequeños paseos para ver las calles y monumentos más importantes, sin deternernos en museos y demás.

Así pues visitamos Sión, donde buscamos una calle concreta para localizar la perspectiva de su castillo y su abadia.

El afamado Castillo de Chillón, situado en el lado este del lago Leman, cerquita de Montreaux, sin entrar en el.
Ascendimos a Sonchaux, un pequeño albergue en lo alto de una loma que permitía unas increíbles vistas del lago Leman, un café allí arriba bien merece pagar 5€
Descenso hasta Montreaux para coger destino Gruyeres, afamado por su queso de agujeros y su castillo.

Y desde Gruyeres, dirección a Friburgo. Ciudad medieval con cantidad de puentes que merece la pena un paseo más detenido.
Y de Friburgo a la capital Berna, con sus torre del reloj y sus edificios carismáticos. Otro pausado paseo con parada a comer en esta bella ciudad que tiene un bonito parque con perfecta vistas sobre el casco.
De camino a la zona de lagos llegamos a Thun y a un cercano castillo que parece sacado de las películas. Es el castillo de Oberhofen, en su orilla norte
Y por último, un tranquilo descanso en la isla de Thun, junto a sus campos de fútbol. Un rincón lejos de los turistas, donde pasan los días de descanso los ciudadanos de esta lcoalidad.
Solo quedaba volver a Raron, pero aún no habíamos terminado de vivir todas las exerencias de hoy puesto que aun quedaba atravesar la montaña subido a un vagón de tren que conectaba el norte con el sur Kandersteg-Goppensteing.

El cuarto día, tocaba traslado a la ciudad de Lucerna. El paso hacia la zona de los lagos lo hicimos por el Grimselpass hasta llegar a Interkirchen donde teníamos la posibilidad de disfrutar del Aareschlut, un cañón estrecho del río Aare, o incluso subir al puente tibetano más largo de Europa en Gadmen para divisar el graciar Trift. Pero decicimos ir al Valle de Lauterbrunnen.

Un espectacular valle glaciar en forma de U que deja boquiabiertos a todo el que ose adentrarse en el. El valle de las 72 cascadas, como también es conocido. Opciones aquí mil. Desde visitar Murren con sus epectaculares vistas a Jungfrau, Monch y Eiger. Hasta visitar Grindelwald para obtener otra bella perspectiva de estas icónicas montañas.


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Nosotros decidimos subir a Wengen en tren por un económico precio para disfrutar de las vistas que nos regalaba este bonito y peculiar valle. Era el viaje más corto de las opciones que disponíamos sobre la mesa. Pero debíamos tener en cuenta que era día de traslado y no nos podíamos entretener.

La bajada desde Wengen hasta Laterbrunen son tan solo 4 km de pronunciado desnivel pero que va regalando unas preciosas vistas.
Antes de la bajada, de nuevo entramos en un Coop para comprar comida y disfrutarla bajo la sombra de un arbol sobre un tupido cesped con las vistas hacia el valle...

Una vez abajo en Lauterbrunnen de nuevo, decidimos recorrer el valle hasta el final para ir divisando cada una de las cascadas que van apareciendo a uno y otro lado de las blancas paredes verticales. Incluso la propia cascada del mismo pueblo que puede acceder pot unas escaleras para pasar bajo ella.

Pero lo que no nos podíamos pasar era las Trummelbach o cascadas del deshielo de los graciares de las tres gigantes montañas antes mecionadas.

Impresionante la cantidad de agua por segundo que se vierte entre unos túneles que se han adaptado para observar este prodigio de la naturaleza. 12CHF por persona. Ojo por que os mojaréis.

Visto el valle, solo quedaba seguir nuestro rumbo hacia Lucerna, disfrutando del viaje en si. Pero con ganas de descansar en el nuevo lugar de residencia para los dos últimos días.

Tras la acomodación. Un paseo tranquilo por el centro para cenar y vuelta al hotel-seminario.

El día siguiente tocaba la visita a la señorial Zurich y a las Cataratas del Rhin. En el primero un paseo mañanero observando sus prohibitivos precios pero disfrutando de una ciudad señorial. Sus calles estrechas su rio y su Lindenhof desde el que se divisa el centro de la ciudad. Escaparates con chocolates Lindt, el primero en conseguir el chocolate sólido.

La salida de Zuricho fue caotica y tardamos mucho en llegar a Neuhausen para disfrutar de las cascadas del Rhin. Un salto del caudaloso río  de apenas 20 metros y mas de 100 de anchura que esta plagado de turistas y que bien poco nos gustó. Pero nunca se acierta y allí que estuvimos para almenos poder opinar sobre este lugar casi metido en la frontera alemana.
La vuelta a Lucerna fue mucho más rápida, lo que nos permitio tener nuestra siesta española para disfrutar de un paso en la tarde noche disfrutando de un delicioso healdo mientras callejeabamos por la bonita ciudad de Lucerna, subir a sus murallas y recorrer el rio para tomar una cerveza en alguno de las terrazas con vistas al cauce de agua. Una bonita y relajante manera de terminar nuestra andadura por el pais de las montalana.


A la mañana siguiente un viaje de algo más de tres horas pasando por el kilométrico tunel de San Gotardo nos llevaría de nuevo a aeropuerto de Milán para devolver el coche de alquiler y tomar rumnbo al país de la playa. Croacia. más concretamente Dubrovnik.

A las 17:00 horas estábamos en suelo croata. Una ineficiente empresa de renting nos hace perder un tiempo valioso para visitar la Ciudad de Dubrovnik la cual es imposible y nada recomendable hacerlo en coche. Tras dos horas conseguimos aparcar para entrar en la preciosa ciudad que bien ganada tiene su fama. Una mezcla de Toledo, Ávila y Conil.

Con diligencia nos apresuramos a visitar sus 2km de muralla que bien merece la pena. Los tejados el sol cayendo, y el mar de fondo. Toda una preciosidad. Pero la humedad y el calor agobiarian en demasia.

Era momento de buscar el hotel, darnos una ducha y pasear por las calles abarrotadas en esta época del año. Una cena en la terraza junto a la esclinata y otro paseo más para buscar una terraza extramuros cara a mar.

Otro relajante paseo en busqueda del puerto y el cuerpo no daba para más.

Al dia siguiente tocaba visitar el Parque Natural de Kraka previo paso por alguna playa de aguas cristalinas.

El paseo por el parque es muy interesante a penas llega a los 4 km y puedes ver lagos que forma el rio e incluso está permitido el baño en uno de ellos.
El acceso a ellos es en un bus que apenas tarde 5 minutos en dejarte en las puertas de estemonumento natural. Accesible para niños y mayores donde en menos de una hora podemos ver la totalidad de sus cascadas.


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La vuelta a Split en coche nos dejaría a media tarde donde visitariamos su playa de Kasjuni al oeste antes de llegar al hostal donde el trato fue muy amable. Un paseo hacia el centro donde cenamos de maravilla y poder recorrer las calles que nos recordaban a Dubrovnik.

 Un nucleo urbano con mucho encanto dio paso al paseo marítimo donde nos relajamos tomando unos refrescantes mojitos.

A la mañana siguiente no esperaba el ferry para desplazarnos hasta la isla de Hvar. Un buen madrugón bien mereció la pena para disfrutar de las vistas de Split como se alejaban ante nuestros ojos mientras surcábamos las aguas del Adriático. Poco más tarde de una hora llegamos al puerto de Stari Grad y de ahí con nuestro flamante Fabia llegamos a la capital de la isla, Hvar.

La llegada no fue muy satisfactoria puesto que perdimos la excursión contratada, sin embargo tras varias gestiones conseguimos alquilar una barquita sin motor para pasar el día en el mar.

Y ahi que nos vimos de capitanes por la pequeñas islas que se sitúan frente a la ciudad de Hvar. Casi 20 km recorriendo islitas y parando a comer en calas.

También echando el ancla y disfrutando de una buenas cervezas en algunos de los chiringuitos repartidos por esta bonita costa.

Al atardecer, dejamos la barca para ir en busca de nuestra residencia de hoy donde nos trataron con una atención exquisita.

Solo quedaba el paseo por las calles de Hvar que nos recordaban a Split y Dubrovnik. Tan bellas de día como de noche. La cena, los mojitos, y las copas en una discoteca a la que había que ir en barco.

En definitiva un final de fiesta por todo lo alto, aunque aún nos quedaba un pequeño apéndice.

El día de vuelta, recorrimos toda la isla de Hvar para coger el ferry en su lado sur y volver a tierra firme. Cruzar la frontera bosnia sin problemas y disfrutar de la playa de los croatas, lejos de la playa turista. La cual nos costo encontrar, y una buena sudada llegar a ella. Pero mereció la pena, abajo comimos en uno de sus chiringuitos con bellas vistas a la ciudad. Perfecto para un fin de viaje perfecto. Aunque el vuelo se retrasese dos horas.

Destinos de Suiza - Destino de Croacia




miércoles, 11 de julio de 2018

XXXVI Marmotte Alpes

Era el objetivo final al tríptico de las cicloturistas europeas. La Quebrantahuesos representaba La Vuelta, y ya tenía tres participaciones (2013, 2014 y 2018); marcha con más solera de la cordillera pirenaca. La Maratona representaba El Giro, con una participación en el 2015, es la marcha con más carácter que rueda por los Dolomitas, la más bella región de los alpes italianos. Solo quedaba esta, La Marmotte, la marcha de las marchas europeas, la más tradicional de todas ellas, la representante del Tour a nivel cicloturista. Y aquí las tengo. Aquí están las tres, juntas. Ya no se escapan, aunque no fue fácil. Os cuento.

Desde octubre, todo estaba planificado, todo estaba atado. Todo gracias a las gestiones con CicloRed que nos reservaría los apartamentos, nos facilitaría la inscripción sin sorteos y nos trasladaría las bicis desde Madrid, amén del transfer entre Lyon y Bourg d´Oisans. No teníamos marcha atrás. Nueve meses por delante en busca de un único objetivo.

Durante este tiempo hubo meses de descanso y preparación, con una recta final en busca del pico de forma que aunaba Bedelalsa, Lagos y Quebranta; o lo que es lo mismo Covatilla, Covadonga y Portalet; amén de infinitas visitas a Gredos, Sierra de Madrid, Piélago y Montes de Toledo.

Todo estaba en orden para que el 8 de julio nada saliese mal. A excepción de una inesperada gastrointeritis que me tuvo contra las cuerdas una semana antes de la cita.

Viernes, 6 de julio.

Pero llegó el día, el viernes cogíamos el avión a Lyon (cuyo vuelo estaba reservado desde noviembre). Las bicis, con una pequeña mochila y los atos ciclistas, las habíamos dejado el miércoles previo para que nos lo trasladasen los chicos de Ciclored.

Y así nos vimos Samu, Mario, Ángel y el que escribe en la T4 del aeropuerto Madrid-Barajas con unas ilusiones infinitas. Nervios y mucha motivación volaban con nosotros en busca de nuestro cuartel general en Bourg d´Oisans. Allí, en Lyon, los chicos de CicloRed nos esperaban para trasladarnos a los apartamentos de Le Grand Renaud donde llegamos a medio día.

Saludos con viejos conocidos y presentaciones de nuevas amistados. Tiempo para acomodarnos en los humildes apartamentos, comer y hacer la compra de cara al fin de semana.

El sol se estaba desperezando a medida que avanzaba el día y eso animó a enfundarnos los ropajes ciclistas y dar una vuelta para ascender al desconocido y completo Col de Solude.


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Un imprevisto en el freno de Samu nos obligó a retrasar la salida. No importaba, el ambiente que se vivía en este pueblo nos recordaba mucho a Luz St Suveur. La tienda de bicis no daba a basto para atender a tal volumen de ciclistas. Pero el problema se resuelvió a la vez que Francia comenzba a fraguar su pase a semifinales del mundial.

Iniciamos la ruta que sale directamente desde la localidad. Una carretera que corta literalmente la falda de este valle glaciar en U, y que se hace hueco entre túneles (no iluminados) y cortes impresionantes en la roca.

El valle va quedando abajo, en frente, al otro lado del valle, se yergue otra pared blanca donde se puede observar un cortado horizontal que ralla la roca. Se trata de la carretera de los balcones de Oisans (tal vez posible trayecto para el día siguiente).

Embobados en esta impresionante carretera, no nos damos cuenta de que el porcentaje no baja de los dos dígitos. Las ganas y la frescura de las patas nos evitan el sufrimiento.

El puerto llega a un punto en el que comienza a zigzaguear adentrándose en un denso bosque que nos impide disfrutar de las vistas que traíamos en los primeros kms. Pero pronto nos recompensa con un giro brusco donde se nos presenta una imponente cascada que sale directa de un glaciar al cauce en lo profundo del valle. Excusa perfecta para hacer un descanso que la carretera no nos permitía.

Tras disfrutar de este místico momento, continuamos hasta la localidad de Villar Notre Dame, donde un niño nos confirma la victoria de La France contra Uruguay. Aquí acaba el ascenso oficial, pero como estamos hipermotivados continuamos subiendo a pesar de la pérdida de calidad del asfalto.

Dos kilómetros más allá del pueblo, cuando el GPS marcaba 12 de ascenso, el puerto llega a un prado que nos regala unas vistas únicas del valle de Oisans. A su vez, la pista se transforma en tierra durante los últimos tres km.

Los dos primeros en liviano descenso y un último, en ascenso. Completamente practicable para la bici de carretera siempre y cuando las cubiertas sean nuevas o de calidad.

Iremos alternando nuestra mirada al suelo para evitar las pocas piedras conflictivas, con la imagen del Alpe d´Huez que se levanta en la vertiente opuesta del valle. Impresionante.

Hollamos la cima a 1637 m de altura. Unos bancos estrategicamente situados nos invitan a descansar de cara a disfrutar las vistas que desde allí podemos divisar.

Tocaba descender, dejando Villard Reymond de lado, disfrutando de un nuevo valle que nada tiene que envidiar a su vecino de Oisans. Una carretera agrietada en su inicio y con curvas muy traicioneras en su segunda mitad, nos obligan a bajar con ligera precaución. Nadie quería perderse la cita principal del domingo.

Llegamos a la carretera del valle que nos invita a visitar el Col de Ornon. Pero lo obviamos para volver al punto de salida, no sin antes ascender un leve repecho, tras el cual solo quedaría dejarse llevar hasta las puertas de nuestro cuartel general.

Tras la ducha, volvíamos al pueblo a cenar, dar un paseo y descansar de este largo pero interesante día de bienvenida.

Sábado, 7 de julio.

Amanecía el segundo día con un sol brillante. El desayuno en la terraza nos llenaría de fuerzas necesarias, tal vez demasiadas, para rodar por la mañana y así aprovechar al máximo los días previos por estas bellas tierras.

La decisión final fue la de realizar la ruta por la carretera de los balcones de Oisans para después hacer el ascenso al Col de Sarenne y llegar al Alpe d´Huez por su vertiente trasera de cara a la recogida de dorsales.


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La ruta comenzaba realizando la parte inicial y más dura del ascenso al Alpe d´Huez. Sus primeras 5 curvas hasta La Garge d´Oisans. Allí nos desviaríamos del afamado ascenso para tomar un carreterín que asciende duro hasta la población de Armentier. Desde allí, la carretera se asoma de nuevo al imponente valle de Oisans. Al fondo, al otro lado del valle, se divisaba la carretera que habíamos tomado el día anterior para ascender al Col de Solude.

Todo era un espectáculo para la vista que nos hacía olvidar el ligero ascenso al que nos sometía ahora la carretera. Encaramada esta a las verticales laderas de este bonito valle.

Justo cuando nos despedimos del valle, la carretera comienza un descenso, ligero en su inicio y fuerte en su parte final, en busca de la carretera principal en lo más profundo del valle, ahora estrecho y denominado Garganta del Infierno.

En Le Freney, tomamos la carretera principal para ascender hasta el Embalse de Chambón, donde nos desviamos de nuevo hacia Mizoen, en unas duras rampas iniciales que doblan los dígitos en el porcentaje del GPS.

Tras la localidad, un ligero descenso nos sitúa en el ascenso definitivo al Col de Sarenne con 10 km por delante que nos sacará desde lo más profundo del valle hasta la parte trasera del Alpe d´Huez.

Un ascenso constante, con una parte media de ligero descanso, pero tras el cual, se mantendrá firme en sus 7 kms finales, siendo los últimos los más duros que tensa nuestras piernas para conseguir llegar al collado de la Sarenne.

Solo podíamos disfrutar de las vistas y guardar el mayor número de fuerzas, siempre pensando en el día principal.

Se nos fue un poco de las manos, las piernas notaron esa tensión en sus kms finales. Solo esperábamos que no nos pasara factura de cara al día decisivo. Pero es que, ya que estábamos allí, ¿Cómo nos íbamos a quedar en el apartamento?

La cima la conseguimos a 1999 metros. El asfalto castigado por las quitanieves y las inclemencias del invierno, no nos permite un descenso cómodo. Al que además se le une un par de repechos de esos que duelen antes de llegar a la estación de esquí de Alpe d´Huez.

Los prados que por allí se hayan, resultan demoledores. Fresco, paz, tranquilidad. Todo queda contrastado en cuanto rebasamos la última cota y ante nuestros ojos aparecen las grúas y la urbanización imponente de Huez.

Allí paramos para recoger los dorsales y dar un breve paseo por la feria ciclista. Unos bidones de recovery para recuperar las piernas. Se nos había ido de las manos con 2.000 m de desnivel el día antes de la Marmotte.

Con la bolsa del corredor a la espalda nos lanzamos Alpe d´Huez abajo para llegar a Bourg d´Oisans, hacer una pequeña compra. Preparar la comida y realizar una merecida siesta.

Una visita a la tienda del pueblo para que Mario se entienda con el mecánico y solventar sus problemas de la bici y vuelta al cuartel general para atender a la reunión de información sobre lo que nos esperaba al día siguiente.

Unas cervezas, una buena cena a cargo de Angelote. Unas risas que no faltaban nunca y a descansar que a las 6:00 tocaba diana.

Domigo, 8 de julio.

Había llegado el día decisivo. Ya había realizado una Marmotte particular, pero no tenía nada que ver con lo que vivíríamos durante las horas siguientes . Nuestro cajón tenía la hora de salida a las 7:50. Media hora antes estábamos situados disfrutando de un ambiente que nos resultaba familiar pero en un entorno que no tenía comparación.

7.500 ciclistas salíamos en varias tandas horarias, nosotros seríamos los últimos. Pero no teníamos prisa, o sí.

Tras dar un rodeo a la localidad de Bourg d´Oisans, pasamos bajo el arco de salida para afrontar los 10 primeros kms llanos hasta la base del Glandón. Samu, arrancó inquieto y cogió la rueda de un gigantesco ciclista que iba pasando grupos y grupos. Yo miraba para detrás a Ángel y Mario que asentían con la cabeza.

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Así llegamos a Allemond, para tensar las piernas con sus primeras rampas que salvaban el desnivel del dique de la presa.

Un pequeño llaneo para bordear este lago artificial sería el último descanso para afrontar los 26 km de ascenso que se nos presentaba por delante.

El bosque se cerraba, la temperatura ya no era tan fresca. Y las rampas se endurecían, con un silencio sepulcral solo roto por los españoles. Cinco kms duros hasta llegar a Le Rivier d´Allemod donde se nos brinda un descanso y un corto descenso algo rápido.

Si somos capaces de levantar la mirada en la bajada, observaremos como al cruzar al otro lado de la vertiente, la cosa se inclina y te frena cual campo magnético. El valle es encajonado y el viento apenas se deja notar.

Tocaba pues otro tramo de ascenso hasta ganar la orilla de una nueva presa, donde de nuevo tendremos un leve descanso seguido de otro descenso que nos dejaría unas impresionantes vistas de un valle que se abre y despliega unos extensos prados dignos de disfrutar.

Al fondo ya se divisaba el refugio donde la carretera se bifurca hacia la cima del Glandon o la opción de la Croix de Fer.

En la cima, un multitudinario avituallamiento sólido y líquido. Todos habíamos subido con respeto, cada uno por sus circunstancias particulares, pero Samu seguía manteniendo ese carácter agitador con el que había iniciado la ruta.

Tocaba ahora descender con mucha precaución (la organización corta el cronometraje) por una carretera tan botosa como bonita. Merecía la pena, tras varias curvas, arriesgarse y girar la cabeza para buscar el paso que acabábamos de ganar.

El resto, con precaución y descanso de cara al falso llano del valle de Maurienne, donde el viento siempre pega de cara.

El objetivo era claro, gastar la menor fuerzas posibles en estos 20km de rodaje al 1-2%. Pero no, ahí estaba Samu, saltando de grupo en grupo, disfrutando como un crío. Y allí estábamos los demás, donde el corazón nos pedía seguirle y la cabeza dejarle. Pero, ¿cómo le íbamos a dejar? Así que Ángel se fue con él; y Mario y yo saltamos del grupo donde nos habíamos quedado a la caza de nuestros compañeros que nos buscaban con la mirada.

En uno de esos grupos me llevé el susto de la mañana, donde me comí un boquete en el asfalto que a la postre definiría el destino de la jornada.

Tras parar en el avituallamiento líquido en la base del Col de Telegraph, iniciamos el ascenso de sus 12 km por una carretera en perfecto estado, con sombras gracias a su denso bosque y con unos porcentajes mantenidos que no bajaban del 8%.

La subida fue dinámica, tal vez porque fuese la menos dura de todas. Levantamos las cartas, y subimos a un ritmo ligero. Samu en plan "martillito" y yo a su rueda como buenamente podía. Por detrás, a muy poca distancia llegaron Ángel y Mario. Buen ascenso que nos situaba en el ecuador de la ruta.

De nuevo, avituallamiento líquido, foto de rigor; no se nos olvide que somos cicloturistas; y a descender cuatro kms en busca de Valloire.

Allí se daba por oficializado la subida más respetuosa de la jornada, el Galibier, que con 18km nos ascendería hasta los casi 2.700 metros de altura.

Una parada en el avituallamiento para recuperar líquidos y echarse algo a la boca que no fuesen barritas o geles. El reloj marcaba el medio día y el estómago se resentía. Un par de pulguitas de queso camembert y unos vasos de coca-cola fueron suficientes.

Tras retomar las bicis, afrontamos lo que sería el reto más duro de la jornada. Pero en ese momento no me imaginaba hasta que punto iba a sufrir.

Al poco de coger la bici, siento que la rueda trasera me bota. Paro y veo un huevo en la cubierta. Tal vez el boquete que me comí en el valle de Maurienne, unido al calor del tiempo en el avituallamiento fueran los causantes. Dudo en quitar presión, pero no lo hago. A los dos km de ascenso, reventón.

Mario intenta parar a todo coche que nos pasaba (el 80% de la marcha estaba abierta al trafico en el mismo sentido de la carrera), pero sus esfuerzos eran en vano. Un motorista de "seguridad" me ingnora por completo. Llamadas a Luis que nos esperaba con la furgo de apoyo en lo alto de Galibier, pero no tenía cobertura.

Decisión, que sigan mis compañeros hacia la cima para avisar de lo sucedido, mientras me vuelvo hacia el pueblo con la rueda en llanta en busca de alguna solución.

Es domingo, y a pesar de que están pasando 7.500 bicis por Valloire, todas las tiendas están cerradas.
Hablo con un gendarme y un componente de la organización que de primeras no me hacen caso, pero mi insistencia les hace buscar alguna solución.

Sacan una cubierta reventada de una de las maleta de un motorista, cortan un parche y me lo ponen bajo mi cubierta reventada a modo de parche, incluso me montan y desmontan la rueda ellos mismos.

Me habían solucionado el problema que estuvo a punto de dejarme sin mi deseada Marmotte.

Asciendo Galibier con rabia, sin superar mis posibilidades, pero tampoco en plan amarrategui. Conocía el ascenso de la visita hacía dos años y sabía de la linealidad de los primeros kms junto al río. No disfruté de las vistas. Pero estaba enrabietado.

Pasando a multitud de ciclistas, cogí aliento en Plan Lanchat de cara a los últimos 8 km, los más duros del ascenso.

Los zigzag iban a cambiar de valle y me iban a permitir divisar por primera vez el paso del Galibier. Obviando el homenaje a Pantani, con los ojos puestos en el horizonte, daba pedales mientras calculaba dónde podrían estar mis compañeros y cómo habrían subido este coloso puerto de montaña.

Este esfuerzo podría costarme un sufirmiento en el último puerto, pero la bajada de casi 50km sería suficiente para descansar de cara a los kms finales.

Los mojones con coronilla amarilla que indicaban la distancia a la cima, pasaban poco a poco hasta llegar a la altura del túnel, el último km de ascenso. Y allí estaba Luis con el puesto de apoyo.

Mis compañeros habían salido hacía un rato, me informó. Sé que estuvieron dudando si esperar o seguir, pero la falta de cobertura y mi intención de no condicionarles su Marmotte, hizo que no volviesemos a tener comunicación más allá de unos whatsaap para indicarles que había solucionado el problema de la rueda.

Luis me esperaba, a sabiendas de mi problema gracias a mis compañeros, pero cuál fue mi sorpresa al informarme que acababa de cambiar las dos ruedas que tenia de repuesto a un compañero que había reventado sus ruedas de carbono. Flipando por la situación, no podía seguir. Sería cavar mi propia tumba si bajaba Galibier con la cubierta como la llevaba, hecha un ocho.

En una mezcla de sensaciones entre defraudado, enfadado y desilusionado por la situación. Propuse quitar la cubierta de la rueda que acababa de cambiar para ponerla en la mía. Ya al terminar hablaría con el dueño para explicarle los motivos.

Así pues, continué el último km, duro, para llegar al avituallamiento y disfrutar de las dos vertientes de la montaña. Todo un espectáculo visual. Rellenar los bidones y lanzarme hacia abajo con tanta precaución como diligencia.

Las vistas obligaban a levantar la mirada, pero no demasiado, puesto que el rugoso asfalto no permitía el más mínimo despiste.

En el Col de Lautaret la carretera mejora y es donde pude soltarme de manos para quitar el chubasquero que protegía del aire en el descenso.

En los casi 50 km de bajada, hubo de todo. Empezando por un incómodo viento de cara y terminando por un pequeño repecho al final. Entre medias, túneles y más túneles; algún que otro pueblo y el embalse de Chambón. Y comer, y beber.

Rodaba a mi ritmo, bajando sin parar de mover las piernar, acompañando el pedaleo. Pasando grupos sin tener en cuenta el pequeño esfuerzo que estaba haciendo sin querer. Pero iba cómodo, no me importaba.

Tras cruzar el barranco del infierno, la carretera llega al fondo del valle de Oisans, 5km de llaneo hasta la base del Alpe d´Huez que pasaron volando. Era un cómodo rodar.

Parada obligatoria en la base del Alpe d´Huez para reponer los bidones y oxigenar las piernas de cara a los últimos 12 km de ruta.

Los primeros kms de ascenso son los más duras hasta La Garde. Luego se relaja, pasando del 10% inicial al 8% de media. Y así curva tras curva, dos avituallamientos líquidos para combatir los 36 grados que marcaba el GPS en la base a las 17:30 de la tarde.

Todo un rosario de ciclistas y "en cada curva una tertulia". El 32 metido desde abajo, y es que los 4000 metros desnivel acumulados que llevas en las piernas condiciona mucho el ascenso.

Poco a poco el calor empieza a desaparecer con la altura y el paso de los minutos. Levantando la vista aparece un muro vegetal con un zigzag dibujado sobre su ladera. Cabeza gacha para no desmotivarse.

Llegaba al pueblo de Huez y las vistas se hacen más largas, las carretera más abierta y solo 4 km para llegar a la cima.

Intercalando el ir de pie y sentado, ya uno no sabía ni como acomodarse. Solo pensando en llegar.
 Dos km y esto estaba hecho, aunque fuese a pata. Momento emotivo, ya lo tenía en mis manos a pesar de unas sensaciones de náuseas provocadas por la cantidad de sales, geles y barritas consumidas.

Estábamos en el Alpe d´Huez. Un corto callejeo y la meta. Conseguido.

Allí en la zona de meta, en una mezcla de emocion y cansancio extremo, oí gritos que me avisaban. Estaban mis compañeros. Angel por delante y luego Samu y Mario con su particular calvario también. 20 minutos de diferencia. Medalla al cuello. Comida de la pasta y para abajo. A disfrutar de Alpe d´Huez sin dar ahora una sola pedalada.

Llegamos a nuestro cuartel general. Felicitaciones. Invitación a cenar y a la cama. El sueño había concluido. Solo quedaba volver en avión y hacer planes para traer al resto de la grupetta para disfrutar todos juntos. GRACIAS CHAVALES.