miércoles, 21 de noviembre de 2018

miércoles, 11 de julio de 2018

XXXVI Marmotte Alpes

Era el objetivo final al tríptico de las cicloturistas europeas. La Quebrantahuesos representaba La Vuelta, y ya tenía tres participaciones (2013, 2014 y 2018); marcha con más solera de la cordillera pirenaca. La Maratona representaba El Giro, con una participación en el 2015, es la marcha con más carácter que rueda por los Dolomitas, la más bella región de los alpes italianos. Solo quedaba esta, La Marmotte, la marcha de las marchas europeas, la más tradicional de todas ellas, la representante del Tour a nivel cicloturista. Y aquí las tengo. Aquí están las tres, juntas. Ya no se escapan, aunque no fue fácil. Os cuento.

Desde octubre, todo estaba planificado, todo estaba atado. Todo gracias a las gestiones con CicloRed que nos reservaría los apartamentos, nos facilitaría la inscripción sin sorteos y nos trasladaría las bicis desde Madrid, amén del transfer entre Lyon y Bourg d´Oisans. No teníamos marcha atrás. Nueve meses por delante en busca de un único objetivo.

Durante este tiempo hubo meses de descanso y preparación, con una recta final en busca del pico de forma que aunaba Bedelalsa, Lagos y Quebranta; o lo que es lo mismo Covatilla, Covadonga y Portalet; amén de infinitas visitas a Gredos, Sierra de Madrid, Piélago y Montes de Toledo.

Todo estaba en orden para que el 8 de julio nada saliese mal. A excepción de una inesperada gastrointeritis que me tuvo contra las cuerdas una semana antes de la cita.

Viernes, 6 de julio.

Pero llegó el día, el viernes cogíamos el avión a Lyon (cuyo vuelo estaba reservado desde noviembre). Las bicis, con una pequeña mochila y los atos ciclistas, las habíamos dejado el miércoles previo para que nos lo trasladasen los chicos de Ciclored.

Y así nos vimos Samu, Mario, Ángel y el que escribe en la T4 del aeropuerto Madrid-Barajas con unas ilusiones infinitas. Nervios y mucha motivación volaban con nosotros en busca de nuestro cuartel general en Bourg d´Oisans. Allí, en Lyon, los chicos de CicloRed nos esperaban para trasladarnos a los apartamentos de Le Grand Renaud donde llegamos a medio día.

Saludos con viejos conocidos y presentaciones de nuevas amistados. Tiempo para acomodarnos en los humildes apartamentos, comer y hacer la compra de cara al fin de semana.

El sol se estaba desperezando a medida que avanzaba el día y eso animó a enfundarnos los ropajes ciclistas y dar una vuelta para ascender al desconocido y completo Col de Solude.


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Un imprevisto en el freno de Samu nos obligó a retrasar la salida. No importaba, el ambiente que se vivía en este pueblo nos recordaba mucho a Luz St Suveur. La tienda de bicis no daba a basto para atender a tal volumen de ciclistas. Pero el problema se resuelvió a la vez que Francia comenzba a fraguar su pase a semifinales del mundial.

Iniciamos la ruta que sale directamente desde la localidad. Una carretera que corta literalmente la falda de este valle glaciar en U, y que se hace hueco entre túneles (no iluminados) y cortes impresionantes en la roca.

El valle va quedando abajo, en frente, al otro lado del valle, se yergue otra pared blanca donde se puede observar un cortado horizontal que ralla la roca. Se trata de la carretera de los balcones de Oisans (tal vez posible trayecto para el día siguiente).

Embobados en esta impresionante carretera, no nos damos cuenta de que el porcentaje no baja de los dos dígitos. Las ganas y la frescura de las patas nos evitan el sufrimiento.

El puerto llega a un punto en el que comienza a zigzaguear adentrándose en un denso bosque que nos impide disfrutar de las vistas que traíamos en los primeros kms. Pero pronto nos recompensa con un giro brusco donde se nos presenta una imponente cascada que sale directa de un glaciar al cauce en lo profundo del valle. Excusa perfecta para hacer un descanso que la carretera no nos permitía.

Tras disfrutar de este místico momento, continuamos hasta la localidad de Villar Notre Dame, donde un niño nos confirma la victoria de La France contra Uruguay. Aquí acaba el ascenso oficial, pero como estamos hipermotivados continuamos subiendo a pesar de la pérdida de calidad del asfalto.

Dos kilómetros más allá del pueblo, cuando el GPS marcaba 12 de ascenso, el puerto llega a un prado que nos regala unas vistas únicas del valle de Oisans. A su vez, la pista se transforma en tierra durante los últimos tres km.

Los dos primeros en liviano descenso y un último, en ascenso. Completamente practicable para la bici de carretera siempre y cuando las cubiertas sean nuevas o de calidad.

Iremos alternando nuestra mirada al suelo para evitar las pocas piedras conflictivas, con la imagen del Alpe d´Huez que se levanta en la vertiente opuesta del valle. Impresionante.

Hollamos la cima a 1637 m de altura. Unos bancos estrategicamente situados nos invitan a descansar de cara a disfrutar las vistas que desde allí podemos divisar.

Tocaba descender, dejando Villard Reymond de lado, disfrutando de un nuevo valle que nada tiene que envidiar a su vecino de Oisans. Una carretera agrietada en su inicio y con curvas muy traicioneras en su segunda mitad, nos obligan a bajar con ligera precaución. Nadie quería perderse la cita principal del domingo.

Llegamos a la carretera del valle que nos invita a visitar el Col de Ornon. Pero lo obviamos para volver al punto de salida, no sin antes ascender un leve repecho, tras el cual solo quedaría dejarse llevar hasta las puertas de nuestro cuartel general.

Tras la ducha, volvíamos al pueblo a cenar, dar un paseo y descansar de este largo pero interesante día de bienvenida.

Sábado, 7 de julio.

Amanecía el segundo día con un sol brillante. El desayuno en la terraza nos llenaría de fuerzas necesarias, tal vez demasiadas, para rodar por la mañana y así aprovechar al máximo los días previos por estas bellas tierras.

La decisión final fue la de realizar la ruta por la carretera de los balcones de Oisans para después hacer el ascenso al Col de Sarenne y llegar al Alpe d´Huez por su vertiente trasera de cara a la recogida de dorsales.


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La ruta comenzaba realizando la parte inicial y más dura del ascenso al Alpe d´Huez. Sus primeras 5 curvas hasta La Garge d´Oisans. Allí nos desviaríamos del afamado ascenso para tomar un carreterín que asciende duro hasta la población de Armentier. Desde allí, la carretera se asoma de nuevo al imponente valle de Oisans. Al fondo, al otro lado del valle, se divisaba la carretera que habíamos tomado el día anterior para ascender al Col de Solude.

Todo era un espectáculo para la vista que nos hacía olvidar el ligero ascenso al que nos sometía ahora la carretera. Encaramada esta a las verticales laderas de este bonito valle.

Justo cuando nos despedimos del valle, la carretera comienza un descenso, ligero en su inicio y fuerte en su parte final, en busca de la carretera principal en lo más profundo del valle, ahora estrecho y denominado Garganta del Infierno.

En Le Freney, tomamos la carretera principal para ascender hasta el Embalse de Chambón, donde nos desviamos de nuevo hacia Mizoen, en unas duras rampas iniciales que doblan los dígitos en el porcentaje del GPS.

Tras la localidad, un ligero descenso nos sitúa en el ascenso definitivo al Col de Sarenne con 10 km por delante que nos sacará desde lo más profundo del valle hasta la parte trasera del Alpe d´Huez.

Un ascenso constante, con una parte media de ligero descanso, pero tras el cual, se mantendrá firme en sus 7 kms finales, siendo los últimos los más duros que tensa nuestras piernas para conseguir llegar al collado de la Sarenne.

Solo podíamos disfrutar de las vistas y guardar el mayor número de fuerzas, siempre pensando en el día principal.

Se nos fue un poco de las manos, las piernas notaron esa tensión en sus kms finales. Solo esperábamos que no nos pasara factura de cara al día decisivo. Pero es que, ya que estábamos allí, ¿Cómo nos íbamos a quedar en el apartamento?

La cima la conseguimos a 1999 metros. El asfalto castigado por las quitanieves y las inclemencias del invierno, no nos permite un descenso cómodo. Al que además se le une un par de repechos de esos que duelen antes de llegar a la estación de esquí de Alpe d´Huez.

Los prados que por allí se hayan, resultan demoledores. Fresco, paz, tranquilidad. Todo queda contrastado en cuanto rebasamos la última cota y ante nuestros ojos aparecen las grúas y la urbanización imponente de Huez.

Allí paramos para recoger los dorsales y dar un breve paseo por la feria ciclista. Unos bidones de recovery para recuperar las piernas. Se nos había ido de las manos con 2.000 m de desnivel el día antes de la Marmotte.

Con la bolsa del corredor a la espalda nos lanzamos Alpe d´Huez abajo para llegar a Bourg d´Oisans, hacer una pequeña compra. Preparar la comida y realizar una merecida siesta.

Una visita a la tienda del pueblo para que Mario se entienda con el mecánico y solventar sus problemas de la bici y vuelta al cuartel general para atender a la reunión de información sobre lo que nos esperaba al día siguiente.

Unas cervezas, una buena cena a cargo de Angelote. Unas risas que no faltaban nunca y a descansar que a las 6:00 tocaba diana.

Domigo, 8 de julio.

Había llegado el día decisivo. Ya había realizado una Marmotte particular, pero no tenía nada que ver con lo que vivíríamos durante las horas siguientes . Nuestro cajón tenía la hora de salida a las 7:50. Media hora antes estábamos situados disfrutando de un ambiente que nos resultaba familiar pero en un entorno que no tenía comparación.

7.500 ciclistas salíamos en varias tandas horarias, nosotros seríamos los últimos. Pero no teníamos prisa, o sí.

Tras dar un rodeo a la localidad de Bourg d´Oisans, pasamos bajo el arco de salida para afrontar los 10 primeros kms llanos hasta la base del Glandón. Samu, arrancó inquieto y cogió la rueda de un gigantesco ciclista que iba pasando grupos y grupos. Yo miraba para detrás a Ángel y Mario que asentían con la cabeza.

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Así llegamos a Allemond, para tensar las piernas con sus primeras rampas que salvaban el desnivel del dique de la presa.

Un pequeño llaneo para bordear este lago artificial sería el último descanso para afrontar los 26 km de ascenso que se nos presentaba por delante.

El bosque se cerraba, la temperatura ya no era tan fresca. Y las rampas se endurecían, con un silencio sepulcral solo roto por los españoles. Cinco kms duros hasta llegar a Le Rivier d´Allemod donde se nos brinda un descanso y un corto descenso algo rápido.

Si somos capaces de levantar la mirada en la bajada, observaremos como al cruzar al otro lado de la vertiente, la cosa se inclina y te frena cual campo magnético. El valle es encajonado y el viento apenas se deja notar.

Tocaba pues otro tramo de ascenso hasta ganar la orilla de una nueva presa, donde de nuevo tendremos un leve descanso seguido de otro descenso que nos dejaría unas impresionantes vistas de un valle que se abre y despliega unos extensos prados dignos de disfrutar.

Al fondo ya se divisaba el refugio donde la carretera se bifurca hacia la cima del Glandon o la opción de la Croix de Fer.

En la cima, un multitudinario avituallamiento sólido y líquido. Todos habíamos subido con respeto, cada uno por sus circunstancias particulares, pero Samu seguía manteniendo ese carácter agitador con el que había iniciado la ruta.

Tocaba ahora descender con mucha precaución (la organización corta el cronometraje) por una carretera tan botosa como bonita. Merecía la pena, tras varias curvas, arriesgarse y girar la cabeza para buscar el paso que acabábamos de ganar.

El resto, con precaución y descanso de cara al falso llano del valle de Maurienne, donde el viento siempre pega de cara.

El objetivo era claro, gastar la menor fuerzas posibles en estos 20km de rodaje al 1-2%. Pero no, ahí estaba Samu, saltando de grupo en grupo, disfrutando como un crío. Y allí estábamos los demás, donde el corazón nos pedía seguirle y la cabeza dejarle. Pero, ¿cómo le íbamos a dejar? Así que Ángel se fue con él; y Mario y yo saltamos del grupo donde nos habíamos quedado a la caza de nuestros compañeros que nos buscaban con la mirada.

En uno de esos grupos me llevé el susto de la mañana, donde me comí un boquete en el asfalto que a la postre definiría el destino de la jornada.

Tras parar en el avituallamiento líquido en la base del Col de Telegraph, iniciamos el ascenso de sus 12 km por una carretera en perfecto estado, con sombras gracias a su denso bosque y con unos porcentajes mantenidos que no bajaban del 8%.

La subida fue dinámica, tal vez porque fuese la menos dura de todas. Levantamos las cartas, y subimos a un ritmo ligero. Samu en plan "martillito" y yo a su rueda como buenamente podía. Por detrás, a muy poca distancia llegaron Ángel y Mario. Buen ascenso que nos situaba en el ecuador de la ruta.

De nuevo, avituallamiento líquido, foto de rigor; no se nos olvide que somos cicloturistas; y a descender cuatro kms en busca de Valloire.

Allí se daba por oficializado la subida más respetuosa de la jornada, el Galibier, que con 18km nos ascendería hasta los casi 2.700 metros de altura.

Una parada en el avituallamiento para recuperar líquidos y echarse algo a la boca que no fuesen barritas o geles. El reloj marcaba el medio día y el estómago se resentía. Un par de pulguitas de queso camembert y unos vasos de coca-cola fueron suficientes.

Tras retomar las bicis, afrontamos lo que sería el reto más duro de la jornada. Pero en ese momento no me imaginaba hasta que punto iba a sufrir.

Al poco de coger la bici, siento que la rueda trasera me bota. Paro y veo un huevo en la cubierta. Tal vez el boquete que me comí en el valle de Maurienne, unido al calor del tiempo en el avituallamiento fueran los causantes. Dudo en quitar presión, pero no lo hago. A los dos km de ascenso, reventón.

Mario intenta parar a todo coche que nos pasaba (el 80% de la marcha estaba abierta al trafico en el mismo sentido de la carrera), pero sus esfuerzos eran en vano. Un motorista de "seguridad" me ingnora por completo. Llamadas a Luis que nos esperaba con la furgo de apoyo en lo alto de Galibier, pero no tenía cobertura.

Decisión, que sigan mis compañeros hacia la cima para avisar de lo sucedido, mientras me vuelvo hacia el pueblo con la rueda en llanta en busca de alguna solución.

Es domingo, y a pesar de que están pasando 7.500 bicis por Valloire, todas las tiendas están cerradas.
Hablo con un gendarme y un componente de la organización que de primeras no me hacen caso, pero mi insistencia les hace buscar alguna solución.

Sacan una cubierta reventada de una de las maleta de un motorista, cortan un parche y me lo ponen bajo mi cubierta reventada a modo de parche, incluso me montan y desmontan la rueda ellos mismos.

Me habían solucionado el problema que estuvo a punto de dejarme sin mi deseada Marmotte.

Asciendo Galibier con rabia, sin superar mis posibilidades, pero tampoco en plan amarrategui. Conocía el ascenso de la visita hacía dos años y sabía de la linealidad de los primeros kms junto al río. No disfruté de las vistas. Pero estaba enrabietado.

Pasando a multitud de ciclistas, cogí aliento en Plan Lanchat de cara a los últimos 8 km, los más duros del ascenso.

Los zigzag iban a cambiar de valle y me iban a permitir divisar por primera vez el paso del Galibier. Obviando el homenaje a Pantani, con los ojos puestos en el horizonte, daba pedales mientras calculaba dónde podrían estar mis compañeros y cómo habrían subido este coloso puerto de montaña.

Este esfuerzo podría costarme un sufirmiento en el último puerto, pero la bajada de casi 50km sería suficiente para descansar de cara a los kms finales.

Los mojones con coronilla amarilla que indicaban la distancia a la cima, pasaban poco a poco hasta llegar a la altura del túnel, el último km de ascenso. Y allí estaba Luis con el puesto de apoyo.

Mis compañeros habían salido hacía un rato, me informó. Sé que estuvieron dudando si esperar o seguir, pero la falta de cobertura y mi intención de no condicionarles su Marmotte, hizo que no volviesemos a tener comunicación más allá de unos whatsaap para indicarles que había solucionado el problema de la rueda.

Luis me esperaba, a sabiendas de mi problema gracias a mis compañeros, pero cuál fue mi sorpresa al informarme que acababa de cambiar las dos ruedas que tenia de repuesto a un compañero que había reventado sus ruedas de carbono. Flipando por la situación, no podía seguir. Sería cavar mi propia tumba si bajaba Galibier con la cubierta como la llevaba, hecha un ocho.

En una mezcla de sensaciones entre defraudado, enfadado y desilusionado por la situación. Propuse quitar la cubierta de la rueda que acababa de cambiar para ponerla en la mía. Ya al terminar hablaría con el dueño para explicarle los motivos.

Así pues, continué el último km, duro, para llegar al avituallamiento y disfrutar de las dos vertientes de la montaña. Todo un espectáculo visual. Rellenar los bidones y lanzarme hacia abajo con tanta precaución como diligencia.

Las vistas obligaban a levantar la mirada, pero no demasiado, puesto que el rugoso asfalto no permitía el más mínimo despiste.

En el Col de Lautaret la carretera mejora y es donde pude soltarme de manos para quitar el chubasquero que protegía del aire en el descenso.

En los casi 50 km de bajada, hubo de todo. Empezando por un incómodo viento de cara y terminando por un pequeño repecho al final. Entre medias, túneles y más túneles; algún que otro pueblo y el embalse de Chambón. Y comer, y beber.

Rodaba a mi ritmo, bajando sin parar de mover las piernar, acompañando el pedaleo. Pasando grupos sin tener en cuenta el pequeño esfuerzo que estaba haciendo sin querer. Pero iba cómodo, no me importaba.

Tras cruzar el barranco del infierno, la carretera llega al fondo del valle de Oisans, 5km de llaneo hasta la base del Alpe d´Huez que pasaron volando. Era un cómodo rodar.

Parada obligatoria en la base del Alpe d´Huez para reponer los bidones y oxigenar las piernas de cara a los últimos 12 km de ruta.

Los primeros kms de ascenso son los más duras hasta La Garde. Luego se relaja, pasando del 10% inicial al 8% de media. Y así curva tras curva, dos avituallamientos líquidos para combatir los 36 grados que marcaba el GPS en la base a las 17:30 de la tarde.

Todo un rosario de ciclistas y "en cada curva una tertulia". El 32 metido desde abajo, y es que los 4000 metros desnivel acumulados que llevas en las piernas condiciona mucho el ascenso.

Poco a poco el calor empieza a desaparecer con la altura y el paso de los minutos. Levantando la vista aparece un muro vegetal con un zigzag dibujado sobre su ladera. Cabeza gacha para no desmotivarse.

Llegaba al pueblo de Huez y las vistas se hacen más largas, las carretera más abierta y solo 4 km para llegar a la cima.

Intercalando el ir de pie y sentado, ya uno no sabía ni como acomodarse. Solo pensando en llegar.
 Dos km y esto estaba hecho, aunque fuese a pata. Momento emotivo, ya lo tenía en mis manos a pesar de unas sensaciones de náuseas provocadas por la cantidad de sales, geles y barritas consumidas.

Estábamos en el Alpe d´Huez. Un corto callejeo y la meta. Conseguido.

Allí en la zona de meta, en una mezcla de emocion y cansancio extremo, oí gritos que me avisaban. Estaban mis compañeros. Angel por delante y luego Samu y Mario con su particular calvario también. 20 minutos de diferencia. Medalla al cuello. Comida de la pasta y para abajo. A disfrutar de Alpe d´Huez sin dar ahora una sola pedalada.

Llegamos a nuestro cuartel general. Felicitaciones. Invitación a cenar y a la cama. El sueño había concluido. Solo quedaba volver en avión y hacer planes para traer al resto de la grupetta para disfrutar todos juntos. GRACIAS CHAVALES.









jueves, 5 de julio de 2018

Camino de Santiago Portugués

Un año más, seguimos enganchados a la esencia de El Camino. Un Camino, que tiene un halo mágico que te envuelve y te acoge en sus entrañas, creando una realidad casi paralela a la vida cotidiana.

Un camino que nos conduce a unos hábitos diarios tan distintos que nos permite casi una pérdida la noción del tiempo. Un Camino que nos cruza con personas "desconocidas"que al final del trayecto serán casi hermanos. Un Camino que nos pone continuamente a prueba física y mentalmente con decisiones en cada momento. Un Camino que nos permite conocer mejor nuestro cuerpo, nuestra mente; nuestra persona. En definitiva, un Camino que nos hace un verdadero y exhaustivo examen de conciencia. Eso es el verdadero Camino.

Sería la sexta ocasión que lo realizaría; la segunda a pie junto con mis inseparables chicas. A pie y en albergues, como realmente se vive El Camino.

En esta ocasión tendríamos la inigualable compañía de dos insaciables aventureros. Amigos y compañeros que no dudaron de unirse en cuanto se les propuso el proyecto. Grata compañía la de Ester y Jaime que se adaptaron a la perfección a todas y cada una de las vicisitudes que fueron surgiendo a lo largo del camino. Así da gusto compartir experiencias.
Cerveceando en Tui
Los preparativos iniciales de meses previos con gestión de alojamientos (Keny nos condicionaba a ir a albergues que aceptasen mascotas), adquisición de material y preparación física, quedaba reducido a solo seis días. Y todo estaba a punto de comenzar.

El desplazamiento lo realizamos en coche privado que dejaríamos en Tui y la empresa "" nos lo trasladaría a Santiago. El viaje fue ameno y cargado de ilusiones.

Arribamos a Tui de noche, y con lluvia como esperábamos, con el tiempo justo para acomodarnos tomar unas cervezas, cenar y dar un pequeño paseo por sus estrechas y empinadas calles.

ETAPA 1: TUI - O PORRIÑO (18km)


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Aún no asomaba el sol cuando mi cabezonería por iniciar el Camino desde tierras portuguesas nos obligó a dar marcha atrás y cruzar el puente internacional sobre el río Miño, para visitar la vecina localidad de Valença do Minho.
Valença do Minho
Una vez de vuelta a Tui, iniciamos la marcha desde su bella catedral con la esperanza de encontrar un bar para desayunar, cosa que no conseguimos y nos obligó a retroceder de nuevo sobre nuestros pasos, no sin alguna cara larga que otra. Jaime y Ester, sin rechistar (pobres).

Tras dar buena cuenta de un gran desayuno, ahora sí, iniciábamos la aventura definitivamente.
Saliendo de Tui
El sol se había desperezado y comenzaba a acariciar con sus rayos los verdes campos gallegos. Todo aquel lugar por el que pasábamos nos llamaba la atención, por muy común que pareciese. Los cinco sentidos salían de su letargo para disfrutar de esta bella experiencia con la máxima intensidad.

Una supuesta plantación de kiwis al inicio de la marcha daba paso al bonito puente sobre el río Louro, cauce del cual seguiríamos durante este primer día. Allí también nos empezaríamos a encontrar algunos hitos que nos irían acompañando durante todo el recorrido que marcaban el itinerario de la Vía Romana XIX.
Vía Romana
Durante el pequeño tramo de carretera, vamos siendo conscientes del volumen de peregrinos que han empezado el camino estas fechas tan señaladas como es la Semana Santa, a pesar de las malas previsiones meteorológicas provistas para la segunda mitad de la semana.

Tras estos breves kms de asfalto, el camino nos adentra por primera vez en los frondosos bosques gallegos. Pasamos sobre el puente de San Telmo. El paseo resulta muy agradable hasta llegar a la localidad de Ribadelouro
Puente de Teo
Aquí se nos ofrece una primera parada, junto a la Casa Cultural de la localidad, pero nos resulta demasiado pronto en nuestro camino y decidimos continuar.

Es en la travesía de este núcleo urbano donde observo la presencia de trípticos informativos editados por la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Galicia. Tomamos uno donde se nos informa de la posibilidad de desvío en Orbenelle, de cara a evitar el paso por el gran polígono industrial de Porriño.
Desvío de Orbanelle
Así hicimos, y acertamos. El camino se adentra en un trazado laberíntico vertebrado por el río Louro, donde el agua toma un papel principal y el paso se salva con bellos puentes y corredoiras.

No sabíamos si el sol había desaparecido por las nubes o por la densidad de las copas de los árboles que rodeaban nuestro paso. Sea como fuere, ese detalle no nos importaba en absoluto.
Corredoira junto al río Louro
Este bello pasaje, termina en un paso elevado sobre la A-9 que nos despertaría de este maravilloso sueño, que servía de carta de presentación para lo que nos esperaba en los días venideros.

Desde lo alto del puente, podríamos divisar a lo lejos, una mancha gris dentro del verde bosque que representaba al polígono industrial que acabábamos de esquivar.

De vuelta a uno de los pequeños núcleos urbanos, empezábamos a echar de menos una parada a la vez que observábamos la cantidad de casas que usaban granito para su construcción. Así, embobados con las construcciones unifamiliares, nos topamos con nuestro particular oasis.
Parada técnica
Tras recomponer líquidos y descansar las piernas. Nos dispusimos a rematar la jornada, que estaba llegando a su fin. Una larga avenida no adentraba en Porriño acompañados por el olor a goma y gasolina quemada que derrochaba su circuito municipal de cars.

Para entonces, Kenya ya había hecho amigos y había suscitado el cariño de las decenas de peregrinos con los que no habíamos ido cruzando a lo largo de esta primera jornada.

Ya en Porriño, tomamos la optativa de coger el sendero que acompaña paralelo de nuevo al río Louro. Evitábamos así callejear por esta bonita, pero excesivamente industrial población pontevedresa. Justo cuando la lluvia comenzaba a hacer acto de presencia.
Peregrinos toledanos
Un pequeño mal entendido a la llegada del albergue fue solventado con eficiencia por Afri. Así pues pudimos asearnos rápidamente, para comer y dar el paseo de cortesía. Tomar un par de gintonics y conocer a los que serían nuestro compañeros de fatiga para el resto de nuestro camino.

ETAPA 2: O PORRIÑO - REDONDELA (17 km)


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Tras un buen desayuno en el restaurante "Paso a nivel", iniciamos la marcha para salir de esta gran urbe junto a la misma carretera nacional (N-550). El paso bajo la autovía nos desplaza hacia una zona residencial, que permite que poco a poco se vaya disipando la presencia urbana.

Un peligroso cruce sobre la propia carretera nacional nos sitúa al lado opuesto de esta. Seguiremos por asfalto. Por una zona salpicada de casitas rurales y pequeños huertos personales. Así, alternando aceras y asfalto llegamos a Mos con 6km de ruta.

Allí coincidimos con los amigos toledanos que habían parado en las tiendas de souvenir. Nosotros continuamos derechos a por la primera subida seria del camino. También por trazado urbanizado.

Una pequeña marquesina sirve de excusa para detener la marcha y retratar a Kenya, que poco más adelante se encontraría con su primer compañero canino. Un perro de agua que peregrinaba junto a sus dos dueños.
Descansando en la marquesina
La subida da un tramo de corto respiro para continuar sin piedad hasta el alto de Santiaguino. Allí una pequeña capilla dentro de un bonito parque nos pide atención. Pero lo que nosotros buscábamos era otro tipo de atención en ese momento. Y... poco más allá del parque lo encontramos; Bar Casa Veiga, donde en su terraza con césped pudimos descansar los pies y tomar unas cervezas unos, unas coca-colas otros y un café los demás.

Allí, mientras disfrutamos del descanso, llegó otro compañero para Kenya, una pareja portuguesa con un bello can que portaba simbólicamente sus propias alforjas. También llegaron en aquel momento nuestros colegas toledanos.

De nuevo, puestos en marcha, era el turno del descenso. Una primeras fotos con miliarios romanos nos recordaban que este trazado que seguíamos ya fue usado hace dos milenios.
Iniciando el camino tras el descanso
El camino sigue siendo urbanizado, con casas unifamiliares y algunos parques infantiles usados por otros que no lo son tanto. Jaime debió tener una debilidad de pequeño con las retroescavadoras...

Bares y churrasquerías nos animaban a parar y disfrutar de la magnífica cultura gastronómica gallega, pero debíamos continuar.

Adelantábamos a peregrinos y nos adelantaban. En uno de esos intercambios coincidimos con el grupo toledano con el que cruzamos el día anterior a la entrada de Porriño. Muy interesados en Kenya y su particular peregrinaje, Poco a poco todos nos íbamos conociendo, estrechando lazos más o menos fuertes. El camino nos estaba uniendo a todos los peregrinos.

Tocaba ahora realizar un descenso violento. Era un bello balcón que permitía ver Redondella al fondo del valle. Pero ese balcón había que descenderlo y las rodillas empezaban a sufrir por primera vez en el viaje. El recurso de la bajada marcha atrás aliviaba por momento las ligeras molestias.
Descenso peligroso para las bicis (nos persiguen)
Una fuente hizo las delicias de Kenya y su locura por el agua. A la vez, un grupo de militares pasaron corriendo por la zona, lo que nos hizo alucinar; más a unos que a otros.

Una vez en lo profundo del valle, las piernas ya se sabían cercanas al objetivo del día y el ritmo tomó alegría. Un ritmo que solo fue detenido por un grupo de chicos que de manera ambulante vendían pulseras y anillos artesanos a todos los peregrinos que por allí pasábamos.
Potenciando futuros emprendedores
Las flechas amarillas nos sacaron de nuevo a la N-550 por la que definitivamente entramos en Redondella.

Callejeando íbamos decidiendo el lugar para comer. El albergue no se abriría hasta medio día, lo que aprovechamos para comer en una terraza, tras la negativa del lugar donde nos habían recomendado nuestro amigos toledanos.

Tras la comida, la esperada ducha y la siesta en el albegue regentado por una particular señora. Por entonces, mi cabeza ya había planificado una excursión por la tarde. Debíamos visitar el castillo de Sotomaior, la playa de Cesantes, y sin falta, el poblado de Moreira.
Castillo de Sotomaior
Un simpatiquísimo y agradable taxista nos llevó a todos esos lugares como si uno más del grupo se tratase. Orgulloso de su zona nos iba explicando todos y cada uno de los detalles del lugar. Incluso nos "coló" en el castillo.

Tras la visita de los dos lugares más alejados. Nos quedamos paseando por la playa, tomando unas Estrellas de Galicia en un austero bar y relajando nuestros cuerpos.
Playa de Cesantes, ría de Vigo.
La vuelta a Redondella, con nuestro amigo taxista fue muy amena y agradecida. Un paseo por la ciudad, unos dulces en la pastelería donde volvimos a coincidir con ... y cena en la pizzería donde hablamos con una gallega que fue de vacaciones a ... Chozas de Canales.

La pizza sobrante la llevamos al albergue, donde su peculiar dueña lo compartió con un nuevo inquilino. Y es que mucha gente, realiza estas dos etapas en una misma jornada.

Solo quedaba descansar y recuperar fuerzas para el tercer día de esta bella aventura.


ETAPA 3: REDONDELA - PONTEVEDRA (21km).
El desayuno con trato antipático a primera hora de la mañana, no sería un preludio del día de hoy. Tocaba etapa larga con dos ascensiones duras, pero con vistas al mar y a la ría de Vigo.


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La salida de Redondela la realizamos por las calles donde el simpático taxista nos había indicado el día anterior. Cerca de la playa de Cesantes, pero sin llegar a ella. En continuo ascenso llegamos al cruce con la N-550 que nos viene acompañando desde el primer día para seguir hasta subiendo.
Bosque de eucaliptos
Las ropas de abrigo de la mañana, sobran y se hace una parada para deshacernos de ellas. El camino no da tregua y seguimos con esfuerzo continuo ahora ya por un bosque de eucaliptos hasta llegar a la cima donde nos espera un altar que recuerda un hecho desagradable.
Altar homenaje
Siguiendo la pista, el bosque se abre por momentos, permitiendo una bonita panorámica desde lo alto de toda la ría de Vigo.

El descenso empieza a hacer mella en las rodillas. El peso de las mochilas es ya significativo. Era el tercer día y el esfuerzo empezaba a acumularse.
El grupo
Una vez concluido el descenso, una vendedora ambulante nos recibe antes de salir al peligroso asfalto de la nacional. Allí ofrecía, vieiras, y recuerdos del Camino. Allí cogimos un par de detalles y recibí mi primer regalo de cumpleaños.
Venta ambulante
Llegábamos a Arcade, famosa por sus ostras. Callejeamos en busca de algún lugar donde disfrutar de ellas, pero era demasiado pronto para ello. No coincidió, o no debió ser. La cuestión es que pasamos sin pena ni gloria por este pueblo que había creado grandes espectativas culinarias.

Puente Sampaio
Donde sí llegamos fue al bonito Puente Sampaio que da origen a la ría de Vigo. Tras su vadeo, paramos a nuestro descanso ya que el cartel informaba de que no habría más bares hasta la llegada a Pontevedra en los 13 km restantes.

Allí nos encotramos a los amigos toledanos, que siempre marchaban por delante de nosotros. Unas Estrellas, unos montados y a continuar con el segundo ascenso de la jornada.

Primero entre estrechas calles que después comienzan a ensancharse para terminar en un bello bosque donde el agua caía por las propias piedras del camino. Un tramo tan duro como bello, donde nos dimos el lujo de soltar a Kenya para que disfrutase con más libertad.
Iniciando el ascenso
Una vez en lo alto tocaba descender un poco, donde de nuevo las molestias volvían a hacerse presentes. Conversaciones con ideas de futuros y de nuevo Kenya suelta para verla corretear entre las hojas de los eucaliptos.

Poco más adelante el susto de la jornada con un perro perdido en medio del camino que asustaba a keny y tuvimos que protegerla no solo nosotros, sino también un grupo de jóvenes peregrinos. Esto era el camino, unos ayudando a los otros.
Refrigerando el cuerpo
Llegábamos a una nueva localidad. El cartel del Puente Sampaio, era relativamente verdadero. Porque en el mismo camino no, pero con un desvío de 500m teníamos una tienda de utramarinos y un bar.

Afri y yo nos acercamos en busca de cerveza mientras Jaime y Ester nos esperaban en el camino.

Allí volvimos con unas latas de cerveza para continuar con Pontevedra a tiro de piedra. Pero una variante nos llamó la atención. Seguiría paralelo el cauce del río Gafos. Alargaría levemente la longitud pero mereció la pena por lo oculto y bello del lugar.
Tramo opcional
Así, acompañando al río, llegamos a Pontevedra. Solo quedaba callejear en busca del hotel donde hoy descansaríamos. Un lugar céntrico para disfrutar de la buena tarde que nos regalaba el tiempo. Comida en las terrazas después de haber sido expulsado de una de ellas.
Tarde pontevedresa
Limpieza de ropa en lavandería. Copitas por mi cumpleaños y a ver la goleada de España a Argentina en el Metropolitano. No sin antes ver la emocionante procesión de Semana Santa. Así acababa el día con una botella de crema de orujo vacía en la habitación del hotel.
¡¡Gracias por la tarta!!

ETAPA 4: PONTEVEDRA - CALDAS DE REI (22KM)


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Tras la resaca de mensajes recibidos por el cumpleaños, continuamos nuestro camino hacia Santiago.
Empezábamos la segunda mitad del recorrido con molestias ya significativas en pies y rodillas. Además esperábamos que el tiempo cambiase radicalmente y apareciesen las lluvias.

La salida la realizamos por el puente que da nombre a la ciudad, el "puente de piedra", para ir poco a poco despojándonos de esta gran urbe.
Mis peregrinas
Las amenazas de lluvia empezaron a confirmarse con una leve precipitación. Pero íbamos predispuestos y preparados con nuestros ponchos de "última generación". Así que una leve parada y a continuar.
Llega la esperada lluvia
El camino se iba abriendo paso entre pistas y carreteras que momentaneamente, y con la lluvia, se hacía peligroso. Más cuando en un momento concreto la precipitación se endureció encontrando cobijo en el garaje de una casa que ofrecía baños y una máquina de snacks. Paramos para refugiarnos y recolocar nuestro atos para continuar nuestra primera batalla contra el agua.

Iniciábamos aquí un bonito ascenso por una pista dentro de un denso bosque que nos protegía de la liviana lluvia que en ese momento caía. Los plásticos impermeables ahora eran molestos por el propio calor que nuestro cuerpo producía en el ascenso.
More locomotora
Cruzamos una vía de tren a nivel para continuar con la misma tónica en este bello paraje vertebrado desde nuestra salida de Pontevedra por el río Gandara

A los 9km de ruta, llegamos a un poblado con un cruce de caminos que aprovechamos para detener la marcha y tomar el desayuno que no habíamos realizado aún.
Vega del río Gándara
En la terraza, protegidos por una lona de plástico, lo mismo pedíamos un café que un montado de lomo. Pero era lo que tocaba, descansar y recuperar fuerzas para el siguiente tramo que sería más llano y a la postre monótono.

Salimos en descenso con un pequeño despiste en una desvío que solventamos sin muchos apuros. por delante, un entramado de caminos asfaltados y sin asfaltar nos iban guiando, con ayuda de las flechas amarillas y los mojones, hacia la localidad de Caldas.
Mojones del camino
El agua ahora había remitido pero el cielo se mantenía encapotado. Múltiples conversaciones entre los cuatro nos hacen evadirnos del paisaje. Los chicos por delante, la chicas por detrás.

Un cruce peligroso, un mojón para una foto y a continuar. El agua comenzaba a hacer presencia, esta vez con más fuerza, daba igual. Agachábamos la cabeza y a continuar. Pero en un momento pasamos por una marquesina. Era tal la fuerza con la que azotaba que casi caía horizontal. Decidimos parar resguardados en la marquesina para también descansar nuestras piernas.
Al resguardo de la marquesina
Reanudamos la marcha, ahora de nuevo se permitían las conversaciones. Unos tramos de carretera se alternaban con bonitos parrales que hacían el paso interesante y bonito. Bajo la lluvia con el barro y los charcos en el suelo al cual debíamos ir pendientes para no mojarnos más aún, mientras sobre nuestras cabezas teníamos túneles vegetales.
Zona emparrada
Estábamos llegando a nuestro objetivo. Un hombre con dos mochilas (delante y detras) ayudaba a su mujer descargándola de su lastre.

Un camino ancho, adecentado, nos conduciría los últimos 4 kms hasta Caldas con más pena que gloria. Un tramo que se hizo larguísimo, físico y mentalmente. De esos que ves el objetivo, pero que parece alejarse a medida que avanzas.

Un pequeño percance con otro perro de uno de los vecinos por donde pasábamos exalta a Afri y Ester para defender a Kenya.

Estábamos entrando en Caldas. Solo quedaba llegar al hotel que lo teníamos a las afueras, lejos del recorrido original. Bonito puente sobre el rio Umia. Y paso por las termas municipales que son un punto de encuentro entre peregrinos.
Lavadero termal
Acomodación, ducha, comida y siesta. Paseo por la vereda del río Umia, atención a Keny en una clinica veterinaria y charla en el punto de encuentro del Lavadero termal con otro pereginos. Compra de comida en el súper y a tomar unas cervezas con nuestros colegas toledanos.

ETAPA 5: CALDAS DE REI - PADRÓN (20 Km)



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Tras un buen desayuno en el buffet del hotel, emprendimos nuestra marcha a sabiendas que los primeros kms de la jornada de hoy serían duros en ascenso hasta llegar a Carracedo.

Así pues, siguiendo la vega del río Bermaña iniciamos esta subida, que en su primera parte sería leve y sencilla. La nieblina mañanera comenzaba a separarse del suelo creando unas bellas estampas con áureas de meigas.

La lluvia estaba respetando a pesar del encapotado cielo. Pero el ascenso se tornó duro en su parte final hasta el cruce de nuevo con la N-550. Arriba parecía que el sol hacía acto de presencia, pero nada más lejos de la realidad

Toda la furia que guardaba la nube tras el sol comenzó a caer sobre nuestras cabezas. El tramo por el entrelazado de caminos asfaltado nos guiaba hacia el norte, de donde venía la lluvia hasta casi calarnos.

Debimos parar al refugio de una caseta para recolocarnos los atos y no seguir hasta que la lluvia perdiese fuerza. Lejos de molestarnos, nos reíamos de la circunstacia. No teníamos otra opción.

Tras la tempestad, vino la calma. Calma que coincidió con un descenso y un tramo paralelo a la autovía A-9 donde íbamos saludando a los coches.

Llegamos a un cruce de caminos, en lo alto de un pequeño repecho. Decidimos parar a tomar nuestra cerveza de media jornada. Justo a los 10km de ruta, en un bar que esta de espaldas al camino y que era un bar de carretera. Concretamente de la N-550.

Allí pedimos permiso para entrar con Kenya, que no tuvo problemas. Unas cervezas una buena empanada gallega y la suerte de coincidir con un nuevo chaparrón en el exterior.

La reanudación  se hace con un brusco descenso que hace pasar mal trago a las doloridas rodillas. Para seguidamente andar por uno de los sectores más bonitos de todo el camino junto al rio Valga.

Una pista ancha y con un tupido bosque que cierra las vistas alrededor y que hace las delicias de todos los peregrinos.

A la salida de este bello pasaje nos esperaban unos voluntarios de Protección Civil para regristrar datos del Camino y también un periodista de la Voz de Pontevedra que al día siguiente nos haría referencia en su diario (más bien a Kenya).

El sol había vuelto a salir, ahora casi picaba; lo que no era una buena señal del todo. Tocaba un tramo urbano donde podíamos disfrutar de las vistas abiertas a un verde valle antes de adentrarnos en un nuevo tramo boscoso en descenso donde la luz y el sol desaparecieron repentinamente.

No nos estábamos dando cuenta, pero fuera del bosque la tormenta era seria. Tan seria que al salir de ella, los granizos se apoderaron del camino. Solo podíamos seguir o seguir. Kenya en brazos de Afri y los demas, cabezas gachas y a avanzar.

El bar " " recomendado en Pontecesures estaba a punto de llegar. Las precipitaciones cesaron poco antes de encotrar tan buscado lugar.

Un bar particular, con una gran atención, familiar, de pueblo. Muy recomendable. Allí vimos a la legión sacar en procesión al Cristo de la Muerte.

Seguimos el camino, ya estábamos muy cerca de Padrón. El sol jugaba con nosotros. Cruzamos el puente sobre el río Ulla para entrar en Padrón y constatar que estaban en fiestas.

El albergue, a la salida de la localidad nos regaló un par de kms extra para luego tener una mala experiencia con el regente del albergue al no atender a las peticiones de Afri respecto de Kenya. Tras no poder solventar el problema, amablemente nos llevo con su coche particular a un hotel en la entrada, unos tres km mas atras.

Alli comimos, nos aseamos, descansamos y tras llamadas telefónicas quedemos con los colegas toledanos para disfrutar de la fiesta del pulpo con unas cervezas y luego una cena donde el pan tuvo precio de oro.

Despues de ello, unas copitas, y otras, y otras. Se nos fue. Pero el momento se dio así. Tan agusto estuvimos. Taxi para el hotel y a descansar que mañana sería el último día.

ETAPA 6: PADRÓN - SANTIAGO (25Km)

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Comenzábamos la última jornada con un poco de "trampa". Llamada al taxi para que nos dejase en el hostal de los colegas toledanos (donde acabamos la noche) para desayunar juntos e iniciar desde allí la salida.

Con algo de retraso salimos de Padrón por Iría Flavia y su iglesia de Sta Maria. La lluvia haría presencia de manera intermitente. Los primeros kms por asfalto entre callejuelas de pequeñas aldeas, pero también con un buen porcentaje de ruta junto a la N-550.

Pronto el grupo se disgrega, Jaime y Ester por delante, Álvaro tras ellos; nosotros a mitad del grupo y por detrás el resto de las chicas.

Nos vamos comunicando para saber la situación de cada uno. Pero el hecho de ser la ruta prácticamente en ascenso, hace que las rodillas no sufran tanto y todos llevamos un buen ritmo.

Pasamos un bar con una terraza y muy buena pinta, junto al Santuario de la Virgen de la Esclavitud en la misma carretera nacional. Allí saludamos a los peregrinos con los que coincidimos en el hotel de la noche anterior. Seguimos la marcha para coger un entrelazados de caminos que si no fuesen por las flechas amarillas y la confirmación del GPS casi nos podríamos haber perdido. Por allí aparecía Álvaro que había parado en el bar a tomar un vinito.

De nuevo un juego de caminos nos aleja de la transitada carretera. Seguimos en contacto con Ester y Jaime que van adelantados y a los que no les recortamos la distancia.

De nuevo salimos a la nacional, tramo peligroso por su arcén, pero pronto nos desviamos para parar a hacer el descanso de la jornada. Un bar repleto de gente nos obliga a continuar unos pocos metros más adelante.

Allí un café y una cocacola, unas sillas en la puerta y a descansar para afrontar la subida que se empinaría más adelante.

Estábamos en Teo y por delante nos esperaba un conjunto de calles urbanizadas con una pista que ascendía sin piedad. Cada uno a su ritmo, unos más lentos otros más livianos. Pero todos llegaron al paso de la autovía en lo más alto.

Un par de cruces previos llevaron a la confusión por carteles que indicaban bares fuera de ruta, que se encontraron cerrados.

Un breve callejeo, aún en ascenso, nos situó en el punto más alto de la jornada de hoy; el Milladoiro.

Ganas imperantes de llegar cruzaban con los intereses del grupo. Unos pararon a descansar, otros ya lo habíamos hecho. Pero había que llegar juntos. Aunque el frío complicase la decisión.

Una parada en el bar, unas cervezas; otros bocatas. Esperamos, pero seguiríamos. Tocaba descender en una zona confusa de kilometraje e indicaciones para salvar un nudo de autovías que quedaban sobre nuestras cabezas.

El perrito portugués junto con sus dueños caminaban a nuestro son. Intercambio de sensaciones y deseos de buena suerte de manera mutua en un idioma mezclado entre castellano-portugués-francés.

Pero las sonrisas son internacionales. Nos despedimos. Y cuando todo parecía estar llegando a su fin, un nuevo chaparrón nos sorprendió en el supuesto acceso a Santiago.

Acceso que se hizo rogar, puesto que aún quedaba subir una buena pendiente embarrada desde el cauce de un río al que ya no prestamos atención. Queríamos llegar.

Una vez arriba, una bifurcación nos ofrecía dos entradas a Santiago. Optamos por la izquierda, sin saber si acertábamos o no.

El caso es que pronto salimos a una avenida donde ya sí, estábamos en suelo urbano de Santiago. Ester y Jaime que pararon en Milladoiro venían por detrás, una breve parada en el bar fue suficiente para llegar los cinco juntos.

"No había que ir de la mano todo el camino" Pero siempre y cuando la entrada fuese en grupo. Y así fue. A medida que nos acercábamos iban asomando las torres de la catedral. Un giro y las calles porticadas repletas de gente confirmaban que estábamos a punto de lograrlo.

Y allí estaba, la plaza del Obradoiro, con la catedral aún semisecubierta por esos 10 años de rehabilitación de su fachada. Nunca la vi sin andamios. Justo este año sería el último, justo hace 10 años llegué por primera vez. Por el mismo camino, pero en bici. Tendremos que volver para llegar y ver toda su belleza.

Allí fotos y emociones a flor de piel. Camisetas del Atleti. Compostelas en la oficina del peregrino y al apartamento. Descanso rápido y a comer. Ver la misa del peregrino. Tomar unas cervezas. Tapear. Y buscar a mi hermana que por allí se hallaba con sus amigas, habiendo realizado su primer camino, el Primitivo.

Conversaciones con los colegas toledanos, discotecas y ambiente único en la taberna. No queríamos terminar nuestro viaje.

Pero todo tiene su fin. Debíamos descansar. Quedaban por delante la vuelta a casa conduciendo, y ver los paisajes repletos de nieve tras el temporal de estos tres últimos días que habíamos sufrido en nuestras propias carnes. Pero como la vida misma. Hay que seguir adelante, siempre con un objetivo, siempre compartiendo, siempre ayudando. GRACIAS CAMINO.