viernes, 4 de diciembre de 2015

Barranco de Masca

El plato fuerte del viaje lo dejamos para el tercer y último día. El desconocido barranco de Masca, que se adentra en lo más profundo de los acantilados de los Gigantes, nos esperaba con los brazos abiertos.
Carretera de acceso a Masca
La ruta en sí es sencilla. Son unos 5 kilómetros en descenso desde la localidad de Masca hasta la playa del mismo nombre. Pero una vez a nivel del mar, debemos escoger entre dos opciones; desandar el barranco hasta el punto de inicio o contratar un barco-taxi que nos lleve hasta el puerto de Los Gigantes.



Nuestro plan fue el siguiente. Dejar el coche en el puerto de Los Gigantes, tomar un taxi que nos llevase hasta Masca por 25€. Y una vez concluido el trekking, tomamos uno de los barcos que nos llevase al puerto.

Si queremos realizar más completa la ruta, tenemos la opción de contratar un barco que antes de atracar en el puerto, te lleve a observar las poblaciones de ballenas que suelen transitar por esas zonas de la mar.
Primeros tramos del barranco
Nosotros por falta de tiempo tomamos el rápido de Masca y en 10 minutos estábamos en el puerto.

Disfrutamos de un plácido y tranquilo desayuno en la propia localidad antes de comenzar el descenso. Una vez recargadas las energías, solo quedaba disfrutar de este recóndito lugar.

El sendero no tiene pérdida en ningún momento de la ruta, tan solo debemos seguir el cauce del barranco y dejarnos sorprender por todo lo que veremos en él.
El agua siempre presente
En el primer tramo el barranco es abierto con bastante vegetación autóctona. El pueblo sigue presente a nuestras espaldas y las palmeras aún hacen acto de presencia.

Pero a medida que vamos avanzando, el paisaje empieza a encajonarse poco a poco. El agua corre sorprendentemente junto a nosotros y nos acaricia nuestros pies en varios pasos sobre él.
Pasadizos herbáceos
Las paredes verticales de roca volcánica de hasta 600m de altura comienzan a apoderarse del paisaje, pero el barranco aún es ancho. Pasos entre piedras y pasadizos herbáceos nos permiten continuar por la ruta.

Las paredes comienzan a estrechar el paso. En algunos momentos la sensación de claustrofobia lucha con la admiración y belleza del lugar. Figuras caprichosas de la roca magmática dan un punto artístico al lugar.
Figuras caprichosas
Da igual hacia donde dirijas la mirada puesto que quedarás sorprendido en cada uno de los recodos de ahora toma la ruta. Parece querer llegar al mar a la vuelta de cada una, pero nada más lejos de la realidad.
Tramo encajonado
Levantar la mirada hacia lo alto nos deja un gesto estupefacto. ¿Puede ser esto real? Parece como si el infierno se hubiese enfriado para que pudiésemos disfrutar de él.

Casi sin darnos cuenta, la brisa marina empieza a acariciar nuestras sudorientas pieles. El mar está cerca. Las paredes comienzan a separarse, la verticalidad de los acantilados comienza a desaparecer, no con poco esfuerzo.
El barranco llega a su fin
Un último paso ágil nos permite ver el horizonte azul. Habíamos llegado. Allí nos esperaban dos representantes de taxis acuáticos para llevarnos de camino a terreno civilizado.

No nos daba tiempo a visitar los cetáceos. Pero el paseo en barco junto a las bases de estas paredes verticales nos permitieron un momento relax que tampoco estuvo nada mal.
Vuelta en barco-taxi
Antes de despedirnos de la isla,  y tomar el vuelo de vuelta a casa, aun tuvimos tiempo para un rápido y simbólico mojado de cuerpo en una de las playas del sur.

No hay comentarios:

Publicar un comentario