jueves, 13 de octubre de 2011

Por Sevilla, las marismas y Doñana.

No había rodado aún por la extensa Andalucía, tan amplia y variada como ella misma. José, compañero y amigo con el que coincidí brevemente en la última etapa del Camino de Santiago del Norte, me ofreció hospitalariamente su casa en nuestra despedida el pasado verano. Con ello, la posibilidad de inaugurar una ruta por el sur peninsular y, por consiguiente, pisar por primera vez en mi vida la lejana provincia onubense.




Durante el verano tuvimos puntuales contactos vía e-mail. No lo pensé dos veces cuando recibí un correo desde Huelva con un atractivo proyecto de dos jornadas, cada cual más interesante.

La primera jornada consistía en recorrer el único tramo navegable de un río peninsular. A su vez cruzaríamos las archiconocidas marismas que llevan el mismo nombre, el Guadalquivir. Tierras llanas que hace millones de años formaban parte de la mar.
La segunda jornada, mucho más atractiva, trataba de cruzar la ancha desembocadura de este río en Sanlúcar para rodar por la playa protegida y virgen de Doñana en busca de Huelva, aprovechando la arena húmeda y dura de la bajamar.
Como es costumbre en el blog, anuncié mis intenciones con antelación por si algún compañero se animaba a convivir con nosotros esta aventura. Álvaro, un gran amigo de la infancia, que también disfruta con este hobby, se puso en contacto para viajar a las tierras del sur.



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VIERNES, 7 DE OCTUBRE



Así pues, Álvaro y yo nos pusimos rumbo a Sevilla, ciudad a la que llegamos sobre las 20:00. Tras acoplarnos en el Albergue juvenil decidimos dar una vuelta por la ciudad para conocerla sobre las dos ruedas. Íbamos a practicar cicloturismo en su estado más puro.

El albergue se encontraba ubicado por la Avenida de las Palmeras en la zona sur de la ciudad. El recorrido que había preparado un par de noches anteriores comenzaba en la puerta de La Macarena, al norte del casco antiguo sevillano.

El espectacular entramado de carriles bici que hay por las principales vías, nos dejó muy gratamente sorprendidos. Al igual que la cantidad de sevillanos que usan este medio para sus desplazamientos cotidianos (si bien es cierto que es la tarde-noche de un templado mes de octubre y la temperatura acompaña). Con ello conseguimos llegar sin ningún problema a nuestro punto de inicio, previo paso por los restos de las murallas que antaño protegían a la ciudad.

En la puerta de La Macarena, pedimos por los nuestros y sobre todo por nuestro viaje. Tras ello abandonamos el carril bici y nos adentramos por las callejuelas del casco histórico sevillano hacia el sur. Las calles que vamos rodando, nos recuerda en parte a un Toledo llano, por sus laberínticas y estrechos pasos, así como por la densidad de edificios de culto religioso por los que transitamos.
























Preciosa experiencia la de rodar por calles, unas veces solitarias y otras, tras doblar las esquinas, llenas de bullicio y alegría. En una de estas ocasiones fuimos a parar a la plaza de San Marcos, donde el buen ambiente nos invitó a parar y disfrutar de un par de tintos de verano cual turista de a pie, y sin problema de aparcamiento de automóvil.
Tras el refrigerio continuamos nuestro callejeo hacia el sur hasta dar con la peatonal, comercial y famosa calle Sierpes que nos dirigió hasta la plaza del Ayuntamiento. Desde aquí, podíamos divisar la mundialmente conocida catedral de Sevilla. Unos metros más adelante nos topamos con ella, con la Giralda de Sevilla. Es espectacular la sensación de belleza que radia esta edificación, más aún con su acertada iluminación nocturna.

De aquí salimos bordeando los Reales Alcázares y por delante de la ……….. por la calle peatonal compartida con los raíles del tranvía. Daremos una vuelta por el ferial instalado en el parque … donde acuden las parejas a las bonitas terrazas situadas en esta ubicación.

Próxima queda la espectacular Plaza de España, con su lago interior, flanqueado por los bancos de las provincias españolas. Como no, paramos en la toledana para realizar las instantáneas correspondientes.

Salimos de la Plaza y sin darnos cuenta estamos en el extenso parque de Maria Luisa, donde los carruajes pasean a las parejas en un ámbito evidentemente romántico. Si la temperatura de la noche rondaba los 27 ºC, aquí se agradecía el frescor que la densa vegetación nos proporcionaba.

Con esta inesperada vista concluimos la visita al casco histórico sevillano. Nuestra intención era la de bordear el río por su margen izquierda hacia el norte de nuevo, desde el puente de las Delicias hasta el parque del monumento a Colón. El camino fue mucho más rápido, por el paseo paralelo a este. Vimos la Torre del Oro y la Maestranza, que quedaba a nuestra derecha y al otro lado del río, Triana y la zona de la Expo 92.




Decidimos continuar para ver la iluminación de los puentes de Triana, la Barqueta y el Alamillo; todos ellos preciosos con sus espectaculares reflejos sobre las calmadas aguas del Guadalquivir.

En un tramo de este transcurso, debido a la hora que estábamos rodando, nos encontramos con un enorme botellón juvenil el cual nos obligo a bajar de la bici debido a la densidad de gente acumulada. Tras llegar al Alamillo, debíamos haber continuado pero la iluminación desapareció y con ella, aparecieron personas que no nos mostraban confianza, por lo que decidimos cruzar el río por el centro del espectacular paso peatonal que nos dirigiría a la zona que más nos defraudó del viaje.

La zona de la Expo estaba completamente abandonada y olvidada, como si de una ciudad fantasma se tratase. Este sentimiento de pena me lo compensó ver el CAR donde hacía unos 10 años atrás pasé mis momentos más bonitos con mi otro deporte, el fútbol. En este Centro de Alto Rendimiento estuvimos conviviendo durante dos semanas, los 6 equipos que disputamos la fase final de campeones de juveniles de España contra equipos como el Barça, Valladolid, Osasuna… La nostalgia invadió mi mente y me permitió evadirme de esta penosa zona de la ciudad.

Mi mente volvió a mi deporte actual en cuanto llegamos al barrio de Triana. De nuevo calles estrechas y con un arte especial que se respira nada más pisar el primer adoquín de la calle Rafael de Triana. Ambiente, eso es Sevilla. Entusiasmados por ello paramos en una nueva plazueleta para cenar una ración de cazón y media de puntillitas y croquetas con otro par de tintos de verano junto a la iglesia de…….




Tras ello, fuimos directos al paseo junto al río, desde donde se observa preciosa Sevilla, al otro lado de la orilla. Aquí paramos a ver como comenzaba la noche en la famosa calle Betis. Un par de tercios de “La Cruz del Campo” hizo replantearnos si animarnos o volver al Albergue como deberíamos. Un oportuno sms de Jose nos avisaba de que al día siguiente había que pedalear, como si nos hubiese leído nuestro dubitativo pensamiento. Pero tuvimos la sangre fría y nos supimos sobreponer al arte que tienen las gentes sevillanas. Esto lo dejaríamos para otra visita.

Montamos nuestras fieles compañeras y con un ligero “enciscaillo” nos dirigimos al albergue con la suerte de no encontrarnos ningún control de alcoholemia en nuestro camino.

Así pues, concluimos una noche donde unimos el turismo deportivo, con el cultural y ocioso en unos eficientes 28 km.



SÁBADO 8 DE OCTUBRE




El despertador sonó a las 7:30 de la mañana. Nos despejamos, dejamos todo preparado y a las 8:00 estábamos desayunando. Álvaro me sorprendió con la cantidad de desayuno que se metió para el cuerpo. Yo más obligado por el esfuerzo que iba a realizar que por hambre, también le acompañé en el festín de donuts, tostadas, zumos y cereales…

A las 8:30 habíamos quedado con Jose en la estación de Sta. Justa. Con un poco de retraso llegamos al punto de partida. Abrazos, saludos y demás cortesías dieron paso al inicio de la ruta oficial.

Jose tomó el mando, y con un breve callejeo por las arterias principales de Sevilla, siguiendo alguna flecha amarilla del Camino de Santiago de la Vía de la Plata, nos condujo a las afueras de la urbe para dar nuestras primeras pedaladas fuera de asfalto.

Transitábamos por un camino ancho, paralelo al Guadalquivir por su margen derecha. A la izquierda atrás iba quedando Sevilla. A la derecha podíamos observar la cercana localidad de de Camas con su preciosa iglesia del Sagrado Corazón.

El camino llano, flaqueado por juncos y vegetación de ribera, era muy concurrido por cantidad de cicloturistas a estas frescas horas de la mañana. Al llegar al Gelves, debemos abandonar el camino, separarnos del río y tomar un peligroso tramo de carretera que a día de hoy se encontraba en obras. Unos kilómetros más adelante, en el primer desvío a Coria, abandonamos la carretera, no sin antes realizar una parada obligatoria a causa de un abrojo que había agujereado mi rueda trasera.

Tras solucionar el leve problema, rodamos por el paseo de ribera de Coria hasta llegar a la barcaza que nos permitirá vadear el río hasta su otra orilla, adentrándonos ya de lleno en los campos de marismas.

90 céntimos por cabeza costó la barcaza que es usada por vehículos agrícolas para trabajar esta zona del río, olvidada de las urbanizaciones de su orilla opuesta.
El camino asfaltado nos dirige hacia el nuevo cauce del río Gadaira, que tras cruzar, lo acompañamos, siempre a la derecha de nuestra vista, ahora ya por caminos de tierra con mucho polvo fino.

Cada vez que nos cruzábamos con un vehículo, nos echábamos a la izquierda de la calzada puesto que el viento soplaba levemente hacia el oeste, así evitábamos rebozarnos en polvo.

Pronto salimos a un vetusto asfalto, siempre sin dejar el rumbo sur, que coincidirá con la afluencia del Guadaíra sobre el Guadalquivir. Pasamos la colonia de San Vicente Ferrer.

Allá donde mirases todo era llano, el GPS marcaba alturas negativas que no bajaban de los 5 m bajo el nivel del mar. Sensación curiosa la de saber que estás rodando a esa altura. Los campos de algodón al principio, maíz después y arroz durante gran cantidad de la ruta, nos indican que circulamos por tierras embarradas y anegadas de agua.

Espectacular sistema de canalización, esclusas y compuertas que conviven con caminos, ingenieros sobre el nivel del mar para delimitar las parcelas.

El viento nos ayuda con un sentido suroeste. Jose comenta que la anterior ocasión que realizo esta ruta, tuvo en todo momento el aire de frente. No quiero ni imaginar el realizar este mismo trayecto con el aire en contra. Es uno de los elementos que debemos tener en cuenta a la hora de realizar esta travesía.

Tras pasar la Casa de Demetrio, la ruta gira 90 grados al este y es cuando sentimos en nuestra piel el viento que llevábamos de espaldas que ahora nos da un breve toque de atención durante apenas 2 km hasta que un nuevo giro de 90 grados nos coloca de nuevo rumbo sur hacia la Cooperativa Arrocera por un anchísimo camino adecentado que nos permite olvidarnos definitivamente del temido viento.

Al llegar a la casa del Guardilla donde hay una enorme exclusa, paramos a la sombra para comer un poco y expulsar nuestros líquidos sobrantes. Tomamos de nuevo la marcha hacia el oeste en busca de nuevo del cauce del Guadalquivir del que nos habíamos desviado unos cuantos kilómetros más atrás.

Cruzamos el encauzamiento del arroyo de Lebrija y observamos como unas flechas verdes nos van acompañando desde hace unos cuantos kilómetros, y casualmente coincide con todos los desvios que estamos tomando, por lo que intuimos que siguen el trayecto proyectado por Jose (bajado de la web ciclofilia y mi track sacado de wikiloc).

Justo cuando tomamos contacto con el caudaloso Guadalquivir, paramos en un bar sin rótulos que si no es por Jose, yo hubiera pasado de largo, pues la sensación es de ser una casa particular.

Paramos, tomamos unos tercios y un buen bocadillo de caballa con tomate. Brindamos por nuestra experiencia y descansamos nuestras piernas para el resto del día.

Tras reanudar la marcha, a los pocos kilómetros entramos en un tramo custodiado por eucaliptos que nos ofrecen una ansiada sombra durante muchos kilómetros. Al otro lado del río ya se divisa el PN de Doñana. A nuestra izquierda a algunos kilómetros se sitúan los pueblos de Lebrija y Trebujena. Pueblos sevillanos más cercanos al mar. Por este tramo pasamos por la abandonada capilla de La Señuela.

Las batallitas de Jose amenizan el pedaleo. Las impresionantes experiencias de Álvaro sobre la bici y las arriesgadas salidas de Jose fuera de Europa, hacen que pasemos un agradable rato, enriquecedor de cicloturismo. Era como estar en el bar, pero en contacto con la naturaleza a la vez que practicas deporte. Bendita actividad la que te permite, charlar con los amigos, empaparte de sus experiencias a la vez que realizas actividad física mejorando tu cuerpo en contacto con la naturaleza.

Parecía un sano pique de experiencias; Álvaro por sus escapadas por Extremadura, los Alpes y centro Europa. Jose por sus aventuras cicloturistas por Cuba, Colombia y Oriente próximo. Yo con mis humildes caminos de santiago.

Cada uno aportaba algo nuevo, interesante para el resto de los ciclotertulianos. Así pasamos el límite de la provincia sevillana para tocar tierras gaditanas. Y de repente, un regalo para nuestra vista.

Poblaciones de flamencos, tantas veces observadas en fotos y documentales, a penas a 20 metros de nuestros ojos. Merecía una parada, una observación directa y tranquila.

Reanudamos la marcha y se comienza a observar más gente, lo que nos indica que llegamos a zonas urbanas cercanas. Pasamos por el segundo y último bar de toda la ruta donde nos llama la atención las cuatro bicis aparcadas junto a la sombra. Al entrar vemos 4 cicloturistas descansando y recomponiendo fuerzas para el último trazado.

Casualmente realizan el mismo viaje que nosotros. Charlamos con ellos (bueno charla Jose con ellos, que no nos dejó meter baza…) mientras tomamos bebidas azucaradas, pues el esfuerzo ya se va notando.

Casualidades de la vida, uno de los cuatro componentes resulta ser toledano como nosotros. ¿¡A ver que hacíamos 3 toledanos en medio de las marismas del Guadalquivir?! Se habían separado de su grupo debido a una caída de uno de estos componentes yendo a un ritmo más lento (¿Espero que ya estés recuperada?)

Reanudamos la marcha por delante de los nuevos compañeros que al llegar a la Algaida nos toman el ritmo. Es el “Rocío Chico” y cruzamos una autentica romería en todo sus ámbitos. Juntos los 7 atravesaremos este adelanto del PN de Doñana por el carril bici adecentado, cruzándonos con un desvergonzado camaleón. No sin antes probar las picaduras de una cantidad de mosquitos que nos avasallaron por esta zona. Por lo que aconsejo llevar sprays antimosquitos según la época que se vaya a realizar esta ruta.

Decidimos pedalear con ellos y llegar juntos a Sanlúcar donde les esperaba el resto de su expedición. Ellos se volvían para Sevilla, nosotros haríamos noche para continuar nuestra segunda jornada. Pero antes de parar, un par de rones por lo bien que lo habíamos hecho en estos 110km de travesía por las marismas del Guadalquivir […]

A la mañana siguiente, nos esperaba la ruta por la playa del PN de Doñana. Extensa playa virgen, en tierras ya onubenses.

Debíamos tener en cuenta la tabla de mareas para poder rodar sobre la arena húmeda y compacta y así evitar sobreesfuerzos. Los días previos nos informamos mediante esta página para ver en que horas concretas del día se haya la bajamar. Estos son dos momentos a lo largo de la jornada, y por nuestro horario nos convenía aprovechar la primera bajamar que ocurriría a las 8:30 de la mañana.

Por problemas técnicos del día anterior, la salida se retrasó hasta las 10 de la mañana por lo que debíamos estar alegres en el pedaleo si no queríamos que el mar se nos echara literalmente encima.

Un buen desayuno, y callejeamos en busca de la barcaza que nos cruzaría la desembocadura, que aquí abarca una anchura de casi un kilómetro. La barca, lejos del precio que nos cobraron en Coria, donde el uso es continuo por los agricultores, nos rascaron 10 € por persona con bici, y dando gracias porque el precio oficial son 12 euritos de nada.

La explicación a este basto incremento de precio de una a otra es porque aquí cruzamos al Parque Nacional directamente, y el cruce es ocioso y no obligatorio como el de río más arriba. Además de que para cruzar coches, estos deben tener un permiso especial para circular por el Parque protegido. No obstante, personalmente me parece una pasada.

Esto robo literal, no nos iba a amargar el día, puesto que el simple viaje de apenas 5 minutos ya nos hacia felices al ver lo que se nos aparecía sobre los ojos. Bajamos de la barcaza sobre la bici y la sensación de estar en un lugar abandonado y olvidado de la brutal mano humana me emocionó. Tanto, que mi cuerpo me obligó a bajarme de la bici y cual Papa, besar la tierra por la que iba a rodar.

Se hizo rogar mi llegada a la provincia de Huelva. Nunca había estado en estos lares en mis 29 años de vida. Pero mereció la pena.

La anchura desde la línea del agua hasta las dunas controladas por el pinar era de más de 100m. De ellos, tres cuartas partes de arena húmeda que permitía un perfecto rodamiento sobre ella. La rueda apenas hundía.

Poco a poco íbamos dejando atrás la civilización de Sanlúcar, Chipiona a lo lejos y algo más cerca el famoso “Barco de arroz” encallado en las proximidades de la playa.

Giramos siguiendo la línea de costa, tomando rumbo noroeste con el sol en la espalda y el enorme horizonte a lo lejos. Tan lejos que la vegetación de pinares que dejábamos a nuestra derecha sobre las dunas de Doñana, parecían juntarse con el calmado océano Atlántico que quedaba a nuestra izquierda. En medio tres cicloturistas, cual hormigas en la inmensidad de la Madre Naturaleza.

Pureza, simbiosis con la ayuda de una herramienta limpia como es la bicicleta. Alegría, libertad… Son tantos los sentimientos que se acumulaban en mí que casi llegué a emocionarme. Todo eso quedo canalizado en un: “Muchas gracias Jose, por traernos hasta aquí”.

Bancos de gaviotas tranquilas sobre la arena, ignorantes de nuestra presencia, levantaban el bueno a nuestro paso. Siento haber irrumpido en su terreno, invadido su espacio, pero el regalo que nos daban cada vez que agitaban sus alas y volaban sobre nosotros no tenia precio.

Así, como si de un sueño se tratase, iban cayendo los kilómetros, sin querer que esto sucediera. El mar está vivo, y cada vez nos recortaba nuestra anchura de playa. La marea estaba subiendo y a lo lejos empieza a divisarse la mano humana. Matalascañas, como una mole blanca en medio de la nada aparece como referencia visual.

Aun nos quedaban 15 km hasta llegar de nuevo a la cruel realidad. Mientras, algunos pescadores empezaban a aparecer debido a la cercanía de esta urbe. El mar parecía enfadarse con nosotros puesto que ya no daba tregua y nos obligaba, sin darnos cuenta a acelerar el ritmo si no queríamos terminar empujando la bicicleta sobre la arena blanda.

Los últimos 3 kilómetros, fueron algo angustiosos. Teníamos que aproximarnos a las olas recién llegadas en la arena a la vez que debíamos esquivar las cañas de los pescadores. A la derecha la arena seca no nos dejaba paso.

Y la extensa llanura de más de 100m que iniciamos atrás se había reducido a apenas 5 metros de anchura.

Llegamos definitivamente a la playa de Matalascañas, con la marea en su momento álgido. No sin haber empujado la bici en un par de ocasiones en estos últimos kilómetros. No importaba. Éramos felices por lo vivido.

Paramos, juntamos las bicis y Jose no dudó en darse un buen chapuzón. Álvaro se animó con los pies y yo algo reacio le seguí. Pero mi compañera también había sufrido y la di un “chapuzón seco”. Se lo merecía.

Tras el remojo. Salimos al paseo Marítimo y disfrutamos de la civilización. Que también tiene su encanto, con un par de cervecitas en el típico chiringuito playero.

Eran tres días por terrenos andaluces y Jose me había enseñado bien, así que a la voz de: “¡¡¡Unas cervecitas, mi arma!!!” di por concluído nuestro viaje.

La intención inicial era llegar hasta Huelva a casa de Jose. Pero al salir tan tarde hoy, la marea se nos había echado encima, era imposible continuar hasta Mazagón por la playa al menos hasta la segunda bajamar, allá sobre las 6 de la tarde. Pero era domingo y al día siguiente teníamos que currar y todavía volver a Sevilla en transporte público.

Así que desestimamos la media jornada de hoy. Jose continuó su camino hasta casa. Y nosotros comimos esperando el bus que nos llevase a Sevilla a las 15:00 desde Matalascalas.

A las 17:00 estábamos en Sevilla. Usamos las bicis para llegar al albergue donde habíamos dejado el coche hace dos días. sin demora, por la autovía de la plata en cuatro horas estábamos en Torrijos.

Gracias Jose de nuevo, una y mil veces por todo. Por tu hospitalidad, por tu forma de ser y por el arte que tienes.

Gracias Alvaro por compartir ruta y amenizar los kilómetros con tus batallas europeas.

Y gracias a la “Pacha Mama” por dejarnos disfrutar de ella, siempre con respeto ante lo más grande que tenemos.

Gracias por estar vivo.

2 comentarios:

  1. Cada día me quedo más impresionado de las rutas que realizaís chicos, me hubiera encantado poder compartir con vosotros esta experiencia, estoy seguro que lo disfrutasteis de manera increible y que os a servicio para muchas cosas.

    Un abrazo a todos, y espero pedalear pronto con vosotros.

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  2. A ver si tus rutas son pochas... De verdad q leyendo en ell foro los viajes de alvaro, lo nuestro son paseitos...

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